El liberalismo es como una de esas grandes familias de la aristocracia decadente en las que todos los hermanos tienen un mismo apellido y muchos padres. Mario Vargas Llosa escribe sobre esta idea bastarda en La llamada de la tribu y, en su papel de ensayista, que no es la mejor de sus versiones, describe su itinerario intelectual y, con él, la tribu liberal a la que pertenece.
Es difícil encontrar un hilo conductor en el elenco de autores supuestamente liberales que propone, empezando por Adam Smith, y siguiendo por José Ortega y Gasset, Friedrich Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y terminando con Jean-François Revel. Si uno se pregunta qué comparten estos autores y qué camino han podido trazar, como las migas de pan en el cuento de Charles Perrault, la dificultad para seguirlo es la misma que encontró Pulgarcito. Parece haber encontrado en Adam Smith las bases filosóficas más sólidas para fundamentar su filosofía, aunque no queda del todo claro, pues no entra demasiado en ellas. Quizás el sueño ilustrado de construir una sociedad ideal bajo los dictados de una razón positiva, con moral y sin religión, sean los que más cautivaron a este autor que, muy a su pesar, es posmoderno. Decimos a su pesar, no porque no le guste la posmodernidad, sino porque los valores que reclama para salvarla periclitaron hace tiempo. La Ilustración, la que él reclama, la de corte nacionalista luterano, la que concibe la razón individualistamente, la que no conoce más tradición que la anglosajona, y la que en el fondo sustituye la religión por la moral, hace tiempo que voló por los aires, como los adoquines de su vilipendiada Revolución del 68 que ahora recordamos.
Quizás sean las palabras de Revel las que nos sirvan de hilo de Ariadna para seguir su concepto liberal, pues en realidad lo que en este ensayo se dibuja no es un camino sino un laberinto. Según el ensayista francés, “la gran desgracia del siglo XX es haber sido aquel en el que el ideal de la libertad fue puesto al servicio de la tiranía, el ideal de la igualdad al servicio de los privilegios y todas las aspiraciones”. Ortega, Hayek, Popper, Aron, Berlin y Revel comparten esta preocupación con Vargas Llosa en La llamada de la tribu. El siglo XX nos ha hecho testigos de las mayores atrocidades de la historia de la humanidad, no solo por su potencial técnico puesto al servicio de la catástrofe, sino porque hemos caído en la oscuridad abisal desde las cumbres más altas. La Viena de Sigmund Freud, Gustav Mahler o Gustav Klimt fue también la capital del antisemitismo y el nacionalismo. Lo mismo se podría decir de Londres, París o Moscú. La gran cultura no fue obstáculo para las grandes matanzas, el gas mostaza se liberaba al son de los valses de Johann Strauss, y los peores criminales tenían las mejores colecciones de arte. Así, si algo hemos aprendido del siglo XX es que el elitismo cultural de la Ilustración tardía que defiende Vargas Llosa no es vacuna eficaz contra el totalitarismo.
Lo mejor de La llamada de la tribu es su introducción, la parte más concreta, la que habla de su vida y no de sus ideas. Una vida que vio demasiado pronto la cara áspera de la política. A los doce años vio el golpe de Estado de Manuel Apolinario Odría y desde entonces nació en él la conciencia profunda de una libertad delicada que puede caer en cualquier momento en manos de cualquier tirano. Poco más tarde, se entregaría al sueño del colectivismo socialista, al desarrollarse en él cierta conciencia social y percatarse de las grandes desigualdades entre distintas capas sociales. Fue una etapa en la que se vinculó con las grandes revoluciones socialistas de los años 50 y 60, particularmente con la de Cuba. Pero a medida que el sueño se convertía en pesadilla, y que descubría que detrás de los Castro estaban las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), y que en la URSS a los intelectuales como él se les aniquilaba en los gulag, fue abandonando la utopía. Se entregó al realismo de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, a quienes conoció personalmente y admiró sinceramente, pero con quienes no compartió todas sus ideas, pues “ninguno de ellos –como él mismo escribe- hubiera aceptado el matrimonio homosexual, el aborto, la legalización de las drogas o la eutanasia, que a mí me parecían reformas legítimas y necesarias”. El mercado libre queda entonces como la gran propuesta política, basado en una libertad individual y un Estado mínimo que la garantice. Este fue el corazón de su programa político cuando se presentó a las elecciones presidenciales de Perú, pero debido a su fracaso no podemos conocer el alcance práctico que pudieron tener estas ideas.
En el plano de las ideas, que es el objeto de La llamada de la tribu, más pobre sin duda que su experiencia vital, es de lamentar la ausencia de un gran liberal, Alexis de Tocqueville, quien supo ver mejor que nadie que el problema de la política moderna era el individualismo. Es una lástima que Vargas Llosa no haya leído con detenimiento La rebelión de las masas, de su admirado y citado Ortega, discípulo intelectual de Tocqueville, pues hubiese entendido que la tesis de este ensayo es que el socialismo y el liberalismo que él defiende no son más que dos caras de la misma moneda: el colectivismo y el individualismo son ambos fenómenos de masas, esas que paradójicamente están en el centro de su diana.
Publicado el 5 de abril de 2018 en El Debate de hoy.
