España sufre asimetrías estructurales causadas por el reparto desigual de la población que hacen muy difícil un proyecto político a largo plazo. Tomar conciencia de esto es importante para encontrar soluciones de gobernabilidad que tomen distancia con las luchas partidistas e ideológicas. La España vacía, fenómeno magistralmente descrito por el periodista Sergio del Molino, se combina con otra España abarrotada.
Los datos de población en el territorio nacional indican que solo Madrid tiene más población que el 75% de los municipios menos poblados de España, y que en la capital se concentra el 7% de la población total. También sabemos que, de 8.124 municipios, el 49% está en riesgo de extinción, que hay 1.364 municipios con menos de 100 habitantes y que hay 1.800 pueblos en riesgo de extinción.
El tema de la España vacía está tratado magistralmente por Sergio del Molino, a quien nos remitimos para la descripción de un problema que se puede resumir en que una amplia proporción del territorio nacional se está quedando vacía, abandonada, y que la tasa de natalidad en España, paralelamente, está en índices insostenibles.
¿Qué consecuencias políticas tiene este problema? La primera realidad es que tiene forma de “rueda”, es decir, el centro y el perímetro están muy marcados, y hay un gran vacío en las partes intermedias. La despoblación de los pueblos, el abandono del campo, la pérdida de la vida rural, de la economía a pequeña escala, de las tradiciones, etc., es un drama cultural, económico y ecológico que, además, tiene como consecuencia una fragmentación de la unidad política. Es lógico pensar que, si toda la vida gravita sobre el centro, alejado e incomunicado afectivamente con la periferia, suceda como con una rueda a toda velocidad: que las fuerzas centrífugas sean cada vez mayores, con una fuerte tendencia a separarse del centro. Radios de acero, a veces, no son suficientes para mantener unida la estructura de la rueda y, políticamente hablando, no hay fuerza estatal suficiente que sea capaz de contener un territorio centrífugo.
Observando el centro, también se pueden apreciar problemas provocados por este desequilibrio. El exceso de concentración de población en un territorio pequeño ocasiona problemas enormes que acompañan paralelamente al de la España vacía. La España abarrotada tiene como ejemplo a Madrid. Es una ciudad cara, contaminada y contaminante, con problemas de circulación, soluciones de movilidad ridículas en muchas ocasiones, pagadas por todos a precio alto. Viviendas caras, propuestas de co-living humillantes, condiciones duras para el desarrollo de familias numerosas, tiempo medio de desplazamiento superior al doble de una ciudad media, vías de comunicación y transporte público insuficiente y con infraestructuras carísimas (M-30, metro, autovías, tren, etc.). La “turistificación” y el sentimiento de pérdida de pertenencia al barrio que padecen los madrileños es un signo de una ciudad que también pierde el centro.
La pregunta es por qué no se ponen juntos los problemas de la España vacía y el de la España abarrotada, el de la despoblación y la sobrepoblación, para afrontarlos como un único problema con dos caras. En esto hace falta un pacto de Estado que supere los intereses partidistas, las divisiones territoriales y autonómicas artificialmente establecidas, y que se tome una decisión de desviar recursos que se emplean en agravar la cuestión (insistir en dotar a Madrid de más infraestructuras caras, cortoplacistas e ineficientes), y emplearlos en paliarla. No tiene sentido que la gente se vaya a vivir cada vez más lejos del centro y que, por el contrario, las grandes empresas se instalen dentro de la M-30. Con una zona central como la de Castilla, plana, extensa y vacía, rodeando a Madrid, no tiene sentido que no se desplace el peso económico, financiero e industrial al extrarradio, donde ciudades como Ávila, Toledo o Segovia, a una hora escasa de la capital, sufren por agotamiento.
Es importante poner juntos dos problemas que se suelen tratar por separado: el de la España vacía, y el de la España abarrotada. Dos Españas que, con el tiempo, si no se toman decisiones, se volverán irreconciliables.
