En 1516, cuando el cardenal Cisneros contaba con 85 años, tuvo que encargarse de la regencia de España, a la espera del que sería Carlos I. Los nobles castellanos se le acercaron con beligerancia y le preguntaron por sus poderes para ejercer esa representación. La pregunta era jurídica, según cómo se entendía la legitimidad en la época. El cardenal, con su aplomo característico, abrió la ventana de sus aposentos y señaló a los regimientos destacados en la plaza diciendo: “¡Esos son mis poderes, y con ellos gobernaré hasta que el príncipe venga!”.
Así se solucionó una cuestión de poder temporal hasta que se estableciese el Gobierno. Tres siglos después, otro gobernante carismático, después de recuperar el trono e iniciar una etapa que apenas duraría cien días, sería derrotado por la opinión pública. Charles-Maurice de Talleyrand diría con cinismo, explicando la caída de Napoléon Bonaparte, que “las bayonetas sirven para todo menos para sentarse en ellas.”
Todo régimen se asienta sobre la opinión pública
¿Qué nos enseñan estas dos anécdotas aparentemente contradictorias? Que si bien el poder es necesario y útil para resolver una situación temporal, no se basta a sí mismo para conservarse. Todo régimen, ya lo señaló mucho antes Aristóteles, se asienta en la opinión. Esta es una ley universal de la política.
Los regímenes constitucionales, sin embargo, son un producto político relativamente reciente que apenas cuenta con doscientos años de historia y tienen algunas particularidades respecto a este asunto. Se asientan, como señaló Alexis de Tocqueville, sobre sociedades democráticas que nacieron cuando rodó por el cadalso la mentalidad aristocrática. Las características sociológicas de estas sociedades son la igualdad (de condiciones), el individualismo y el bienestar material. Observaba el genio francés allá por 1830 que el gran riesgo de estas sociedades era el de la “tiranía de la mayoría”, cuando el amor por la igualdad se acababa imponiendo sobre la libertad y no se respetaban las opiniones de los mejores. En todo espíritu democratizante hay un impulso antiaristocrático.
José Ortega y Gasset escribió una larga nota a pie de página en el pensamiento de su maestro Tocqueville con la publicación de La rebelión de las masas, que no es más que una aclaración de algunas ideas del clásico francés. Allí Ortega se preguntaba por un hombre reducido a individuo, que ya no ejercía su poder y que, comportándose como un “niño maleducado”, era dirigido finalmente por el Estado. ¿De dónde le venían las opiniones a la masa, qué la representaba, cómo se dirigía o qué pensaban los bárbaros especialistas?
La sociedad del descarte
Estas preguntas planteadas por Tocqueville y Ortega vuelven hoy con fuerza ante nosotros. Y aquí debemos aclarar el presupuesto sociológico del que parten maestro y discípulo. Cuando hablan de “democracia” no se refieren tanto a la forma de gobierno como a la forma de la sociedad. La democracia, para ellos, no es solo una organización de las instituciones, sino un êthos, el carácter específico de un pueblo. La opresión que podemos sentir, la que más nos agobia, la que genera la “espiral del silencio”, no es propia de la democracia como organización política, sino que es una consecuencia lógica de una sociedad igualitarista que descarta, por principio, la diversidad y la confrontación subsiguiente.
Fake news, la corrección política, las “tribus ocultas”, o la censura del humor, son formas nuevas de viejas opresiones, tan viejas como las democracias liberales.
La cuestión de actualidad es la fusión que se está dando entre el poder al que se refería el cardenal Cisneros y las asentaderas de Napoléon. El malestar de la opinión que se produce en sociedades en cambio, y no necesariamente en decadencia, se está utilizando para amenazar al poder. Es decir, está resultando excesivamente sencillo manipular el descontento y dirigirlo contra algunos objetivos políticos. Aunque Ortega ya analizase que la sociedad de masas es muy fácil de dirigir por el poder, hoy vemos que las redes sociales aceleran un proceso actuando como el catalizador del malestar.
Nos preguntaban por el miedo a expresar la opinión en las democracias liberales. Es cierto, ese miedo existe, pero no es nada nuevo, y citábamos a Tocqueville y su famosa “tiranía de la opinión” para probarlo. Lo mismo dijo Ortega, y lo mismo viene sucediendo desde hace dos siglos. Lo que sí es nuevo es que hoy resulta excesivamente sencillo convertir ese miedo en malestar y dirigirlo demagógicamente contra las instituciones. Ante ese poder de manipulación, ni Bonaparte ni Cisneros tendrían nada que hacer, nunca se ha podido.
Publicado el 19 de febrero de 2019 en El Debate de hoy.
