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El Debate de hoy

Juegos de mayores

Cuando vemos jugar a un niño nos pasa como a Ramón Gaya cuando vio bailar a Pastora Imperio: “Comprendí que en Pastora no se trataba de bailar bien –antes, quizá, ya se había bailado como ella- comprendí que no se trata de hacer, sino de ser”.

Cuando un niño juega, cuando una caja empieza a transformarse y le aparecen botones y palancas, entonces el orden cotidiano se parte en dos. La habitación se llena de capitanes, pilotos, científicos y aventureros. La caja parece despegar de verdad, los motores rugen y las caras tiemblan por la velocidad del despegue. Los tripulantes se agarran fuerte y se dirigen instrucciones urgentes. Nada puede descuidarse o la empresa no llegará a término. “¡Dale propulsión al motor derecho!”, “¡La palanca azul!”, “¡Cuidado con el cometa!”, “¡No puedo, dispara!”, y la nave espacial surca el universo, atraviesa un mar de asteroides y los tripulantes trabajan en equipo, cada uno con su función acordada, en su puesto.

Es verdad, es más verdadero que nada en el mundo que esa nave espacial ha surcado el espacio infinito, que se ha ido muy lejos y que esa caja es una potente máquina. Cuando esto sucede dentro del mundo de los mayores, cuando se abre esta brecha intemporal ante los ojos adultos, ¿cómo no mirar? Pero si la mirada se cruza con la de alguno de los niños, entonces el encanto se rompe y el juego para.

Hay miradas que destruyen y curiosidades que violentan. Hay realidades que han nacido para vivir detrás de un velo.

La caja rota, cuando ha terminado el juego, se guarda porque es un recuerdo que los adultos guardan como el signo de un milagro. La custodiamos como una reliquia, como el testimonio de algo pasado en cuya memoria se podría habitar.

Alguna vez hemos visto a los niños intentar volver a jugar como el día pasado, por devolverle la vida a la caja. Los mismos tripulantes, el mismo viaje, idénticos botones, pero esta vez ningún misterio. Los niños se esfuerzan en devolverle la magia pasada a la caja, a los botones, a la palanca y al cartón, y no hay nada más triste. Quedan los restos del juego como queda la piel de la serpiente. Se fuga la fantasía serpenteando con su vida esquiva y caprichosa. Esa caja rota solo tiene sentido para los adultos que recuerdan aquella tarde, pero los niños no son capaces de vivir en la memoria, ellos son eterno presente.

¿Qué es un juego sin fantasía? Son once niños corriendo detrás de un balón, un sucio muñeco de peluche, un palo o un intercambio absurdo de cartas. ¿Pero es que el dibujo del Día de la Madre es solo un círculo deforme con patas? ¿La poesía son solo letras en un papel o el gemir del universo? Si a la vida se le quita el misterio no queda más que el desnudo. El cuerpo es carne, el paisaje un lienzo en blanco y la casa un puñado de metros cuadrados. El mundo es barro informe y las huellas de la historia surcos sobre tierra yerma.

Cuando el juego pierde el misterio, ¿cómo hacer para devolverle el encanto? ¿Cómo hacen los niños para rescatar una fantasía perdida, para volver a ser policías, padres o madres, exploradores o pilotos de carreras? Vemos a los niños jugar y nos damos cuenta de que el juego es lo más real que hacen, que no viven y juegan, sino que viven porque juegan. La vida para ellos es juego, y la representación de sus historias es su identidad. Son lo que juegan y, cuando no juegan, se aburren. El aburrimiento es para un niño un monstruo temible y, cuando un adulto se asoma a los ojos de un niño aburrido ve la nada más absoluta.

Los adultos también jugamos. Somos actores de una vida que en realidad no sabríamos vivir sin disfraces. Y nos vemos a nosotros mismos, los adultos, vivir en serio y nos parece un juego, un “gran teatro”, papeles repartidos por un niño a cada uno de nosotros. Disfraces de padres, de políticos, de jefes y de esclavos, que llevamos hasta transportarnos a la realidad que representan. Y sin saber por qué, ni lo que realmente queremos, jugamos, porque sabemos que el juego no puede detenerse, y que el día que alguien traspase nuestra fantasía con su mirada de adulto, entonces la gran obra de teatro en la que vivimos se parará y sobrevendrá ese aburrimiento insuperable en el que a veces naufragamos nosotros también.

En ese “¿a qué jugamos ahora?” en el que se sitúan los niños en las tardes de verano, a veces nos encontramos también los adultos y, como niños, intentamos dar vida a viejas cajas de cartón que rescatamos del desván. A veces intentamos meter la serpiente en su funda de piel, buscamos la fantasía en las reliquias del desván y confundimos la caja con el juego, pero esa caja, sin fantasía, no es más que un viejo cartón deforme. Sentimos que el aburrimiento nos ahoga y volvemos desesperados al refugio de los recuerdos, olvidando que el juego es algo que recibe su vida de la imaginación de los niños.

Y así, hay épocas en las que los mayores que aún conservan la memoria se preguntan por qué, si tenemos nuestras propias tradiciones, tenemos que copiar otras, y entonces, al asomarnos a esos ojos vidriosos comprendemos que la tradición “no se trata de hacer, sino de ser”.

Publicado el 19 de noviembre de 2019 en El Debate de hoy.

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De Armando Zerolo

Profesor Titular Filosofía Política y del Derecho
Universidad USP-CEU

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