Cuando nos asomamos a una cuna al caer el día, en la penumbra del hogar, podemos ver todo el dolor y el sufrimiento del mundo encerrados en una jaula de madera. La presencia del niño dormido, envuelto en sábanas limpias y rodeado de peluches, de imágenes agradables y colores cálidos acrecienta nuestra congoja. Lo que nos duele no es la presencia del niño, sino el enorme vacío que hay entre la inocencia de la criatura y la culpa del Mundo. La paz y la ternura de ese instante de calmada penumbra no solo no nos tranquiliza sino que aumenta nuestro malestar. Parece como si en el fondo de la cuna hubiese un espejo que reflejase un futuro lleno de complicaciones y dolores, y vemos dormir al bebé sobre un frío cristal que aguanta su peso con dificultad. Nos asomamos a una cuna como Narciso se asomó al agua, y nos aterra ver nuestro rostro sin la belleza y la dignidad que conceden las arrugas.
Cuando nos asomamos al balcón nos asomamos a calles convertidas en riadas, senderos de lava que arrasan a su paso, avenidas trazadas por aludes de nieve como enormes cortafuegos en un bosque humano, calles que son muros y muros que son caminos intransitables. Nos asomamos al balcón porque es el último espacio abierto que todavía es nuestro. La calle nos la arrebataron hace tiempo. Abrir la puerta de casa es abrir la escotilla de un barco en plena tormenta, subirse al ascensor es la amenaza de que seamos descubiertos. Cuando abrimos la puerta del portal oímos la orden del sargento ordenándonos salir de la trinchera contra el enemigo desconocido. No queda más que correr hacia delante rezando por que la bala perdida no nos acierte, o por que el acierto sea definitivo. Nos asomamos al balcón con la desconfianza de quien se mira al espejo por la mañana esperando encontrar una buena razón para salir una vez más de casa.
Cuando nos asomamos a un acantilado vemos el mar. Vemos un mar bravo que rompe contra la costa, un mar que se traga el sol como un prestidigitador que juega con un niño. Y en esa desproporción un barco marinero se aleja del puerto y se adentra en la mar. Las olas son más grandes que él, pero no se lo tragan sino que lo elevan y, como perro pastor entre borregos, se hace su camino.
¡Oh, cuántas canciones ha inspirado este momento!
Ya se van los marineros
cantando por alta mar,
y ni la Virgen del Carmen
sabe cuándo volverán.
Así cantaba Carlos Cano a la congoja que se despierta en el que se queda en tierra firme, el que ve a la barca en el mar como quien ve la cuna navegar. ¡Son tantas las canciones volcadas al mar, oraciones en la capilla a pie de puerto y noches en vela! Pero sigue la canción, sigue cantando Carlos Cano, y todo cambia porque cambia la perspectiva:
¡Qué bonita está la playa
desde la gavia mayor,
llena de pañuelos blancos
al viento, diciendo adiós!
No se ve igual el barco desde la playa que la playa desde el barco, porque el que se lanza al mar y puede mirar atrás, reconocer un pañuelo blanco, y en el pañuelo a su amada que lo espera, puede también mirar al horizonte y cantar:
En un barco trainero
yo me quisiera enrolar
pa traerme en los anzuelos,
madre, la Estrella Polar.
Y entonces miramos, ahora sí, por el balcón, y vemos una calle que no es tormenta sino puerto porque alguien nos espera. Trozo de tierra ganado al mar como brazo hercúleo que tiende una mano al que viene fatigado de tanto bregar, con sus anzuelos cargados de estrellas o fracasos, qué más da. El balcón es ahora un muelle, lugar de tránsito y de encuentro, espacio intermedio entre el hogar y el mar. No hace falta colgar banderas de nuestros balcones como si de escudos se tratasen, sino pañuelos blancos que lo mismo despiden que reciben, celebran que lamentan. Las telas que ahora arropan nuestra casa son señales para nuestros marineros, signos de acogida y de fiesta.
Entonces nos asomamos a la cuna y lo que vemos ya no es un abismo sino un mar donde pescar. Nuestro bebé no es una criatura indefensa ante un mundo cruel, sino un grumete que aprenderá a navegar en un océano cargado de promesas, un futuro marinero que volverá con la bodega repleta de riquezas.
Publicado el 4 de diciembre de 2019 en El Debate de hoy.
