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El Debate de hoy

Las heridas del paisaje

Las bicicletas hacen un ruido muy característico cuando transitan por pistas de tierra. Las ruedas remueven los guijarros del camino y recuerdan el repiqueteo de una lata llena de canicas. El niño que circula por esos caminos piensa que es el padre conduciendo el coche familiar, escucha el crujir del camino y se embriaga del polvo amasado por la luz del verano. El niño convierte el camino en caminar.

Los caminos de tierra tienen el ancho del eje de un carro romano y esa medida se ha mantenido siempre como si la hubiese establecido la misma naturaleza. Los nombres de esos carros también tienen su tradición. En muchos lugares siguen llamando “carros” a los vehículos de motor, y algunos deben su nombre a los modelos tirados por caballos, como los coupe o las berlinasLos caminos han ido asimilando las diferencias de tiempo y condición, y han crecido, como los cauces de los ríos, por sedimentación.  Los progresos de la técnica decantan sobre el sustrato formando un suelo que habla de distintas épocas.

Las poblaciones, como organismos vivos, crecen al ritmo del pulso de sus venas. Las tierras cultas forman tapices en torno a las proximidades de los pueblos, y se van alejando y creciendo conforme la capacidad de desplazamiento y transformación es cada vez mayor. La distancia que se recorre durante el tiempo que se tarda en salir del hogar, trabajar, y volver antes de la puesta del sol no es la misma a pie, a caballo, o a motor. Los vehículos han ido marcado el radio de crecimiento de los pueblos, y los caminos han seguido siendo las arterias que oxigenan el músculo de la cultura.

Cuerpos sobre cuerpos, como rostros sobre rostros, los caminos han sido trazados por el transitar de los hombres a lo largo de los siglos, deslizándose por la orografía del terreno como la pluma sobre el papel. Anotaciones al margen, correcciones y alteraciones, producen trabajos escritos a muchas manos. Empedrados, adoquinados y asfaltados, son estratos de épocas y culturas diferentes que caminan por las mismas sendas. Son cortes geológicos en las épocas de la vida humana que hablan del espesor de la historia, de la relación del hombre con su medio.

Los caminos no solo tienen horizonte, también tienen profundidad y altura. Desde lo alto vemos que en realidad son las arrugas que hace el tiempo en el rostro de la tierra. Hubo un parto hace siglos, con la violencia de la creación, la violencia de la placenta desprendida del útero, la de los pliegues más íntimos sacados a la superficie. Las montañas, valles, ríos y mesetas son el cuerpo recién parido, con la fuerza y la pasión de la naturaleza. Pómulos, labios y frente de una cara bruta, pura, demasiado pura. El paisaje es otra cosa. Son los caminos, los bosques y las ciudades, los accidentes del tiempo que han ido dibujando un rostro. El rostro es el que aguanta el cambio. El niño no se reconoce en sus fotos de bebé, pero sabe que es él. Cambia la cara del niño, la del adolescente y la del anciano, pero su rostro soporta el carácter de la persona.

¡Qué diferente es la cara del rostro humano! Es enorme el rechazo que provoca una cara sin rostro, una figura de cera o esas fotografías del siglo pasado con los ojos velados. Son caras, simples caras, caras desnudas. El rostro es la pintura sobre el lienzo, son las capas de color, de negros sobre blanco, de oscuros, de manchas y contrastes. El rostro es la expresión del alma y las arrugas son la manifestación de una historia que nos pertenece, como quien registra en piedra las hazañas de su pueblo.

Somos más historia que naturaleza. La Tierra es más paisaje que geología porque también ella tiene su propio rostro. Dicen más de un pueblo sus caminos que sus montañas, sus puentes que sus valles, sus campos cultos que el páramo salvaje.

Los caminos son las arrugas del paisaje, los versos torcidos sobre el papel de nuestra existencia. ¡Pero qué difícil es leer la caligrafía de la historia cuando las estrofas del poema parecen arrojadas al azar sobre un pergamino acartonado! ¿Cómo es la gramática del tiempo? A nuestros ojos parece capricho que sea más importante lo adjetivo que lo sustantivo, que el camino encuentre su significado en los materiales, y que el rostro herido se defina por la yaga.

Querer leer quitándole las letras al libro, a la naturaleza el paisaje y al rostro sus arrugas, es olvidarse que somos protagonistas de un libro que sigue escribiéndose.

Saber leer en las arrugas del rostro y en las heridas abiertas del paisaje significa entender que el sentido de la historia es un camino con más profundidad que horizonte, donde es más importante el viaje que la posada.

Publicado el 17 de diciembre d e 2019 en El Debate de hoy.

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De Armando Zerolo

Profesor Titular Filosofía Política y del Derecho
Universidad USP-CEU

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