Ha entrado un clarinete en casa. Está guardado en un estuche negro que parece un cofre. Guarda un tesoro y solo es accesible para el privilegiado que conoce el mapa. Es quizás lo único sagrado que queda en casa, porque en casa, todo hay que decirlo, los niños son grandes profanadores. Primero fueron los libros, deshojados poco a poco como las grandes casas nobiliarias en los patíbulos jacobinos, y luego fueron los discos, silenciados para siempre y convertidos en espantapájaros colgados de los árboles. Profanadas las vajillas, las paredes del templo, las fotos familiares, los sofás y las tripas de los juguetes, los niños no dejaron nada oculto. La curiosidad de los niños es la gran profanadora, la desmitificadora, la desveladora de los arcanos familiares.
Pero el Misterio es caprichoso, un juglar de las tradiciones, un prestidigitador de lo real. Su juego favorito es el escondite, como decía Charles Péguy. Lo que parece que los niños roban en realidad lo transforman y lo multiplican.
El joven músico
En casa nos gusta la música, pero la escuchamos enlatada. No nos admiten en los coros y lo único que sabemos hacer con una botella de anís es bebérnosla con los amigos. Pero en casa siempre hay música. Los niños saben seguir su rastro porque el camino que los lleva a sus padres es la huella que deja la música. ¡Y hete aquí que sucede el truco de magia! El que rompió los discos, el que profanó el reproductor de CD y rompió los altavoces, aparece en casa con un clarinete. Él sabe que ese objeto es sagrado y que vive en lo alto del patíbulo donde ruedan cabezas a diario. Por eso se esconde para tocarlo, pero las notas llegan a través de las puertas cerradas, y la repetición de los “mi, sol, do” suena por toda la casa. Es música viva, encarnada, real, liberada de la lata en la que la teníamos encerrada. El que rompió los discos es ahora el sacerdote del templo.
El otro día me acerqué porque se había enfadado, no le salían “las blancas y negras”. Marcaba con su cabeza el ritmo y con los dedos pulsaba las teclas en el momento preciso y durante el tiempo necesario, pero se equivocaba. Delante tenía un papel blanco con unas rayas paralelas largas y sin fin. En ellas, como manchas, unas marcas negras y blancas, colgadas de las líneas como vencejos en un tendido eléctrico. Las notas en el pentagrama rompían la limpieza de la línea. Al ver a mi hijo mover rítmicamente la cabeza y al mismo tiempo pulsar el instrumento con sus dedos, me di cuenta de una cosa. Enfadado, llorando a ratos, luchaba contra algo. Luchaba por conseguir medir el tiempo: “¡Papá, no es lo mismo una blanca que una negra!”. Sé que es obvio, pero ver a un niño pequeño marcar el ritmo y medir la duración de los silencios y de las notas me ayudó a comprender que los silencios son tan importantes como los sonidos, y que la música es una historia cuya clave es la medida del tiempo. Las notas rompen la línea monótona insertando sonidos y silencios. El flujo horizontal del pentagrama, que es constante y previsible, se altera por la aparición vertical de las notas, que suben y bajan como por una escalera.
Hace años ya, más de los que me gustaría, estudié en Alemania. Fue la ocasión de que un español entrase en contacto con la cultura centroeuropea, con esa desconocida “Mitteleuropa”. El barroco, la música, la belleza de la liturgia, la universidad, el elemento germánico y tantas otras cosas. Tuve la suerte de ser acogido por una familia amable y generosa. Ambos cónyuges eran profesores, cultos y refinados. Muy trabajadores y siempre vestidos de negro, eran escrupulosos con el orden. Sacar la vajilla de la máquina era un ritual y cada uno cumplía una función: sacar, secar y colocar. Todos los días lo mismo. Las “kalt-essen”, las cenas con pan negro, mantequilla, pepinillos y embutidos, deliciosos, siempre los mismos. Costumbres y horarios esculpidos en una agenda que no tenía ni domingos ni días festivos. Todos los días se hacía lo mismo, “viel zu tun” (mucho que hacer), no había pausas ni improvisaciones, el orden era la previsibilidad del futuro y la seguridad la ofrecía la certeza de que mañana sería exactamente igual que hoy. Trabajo, trabajo, trabajo. Aquellos días sin fiestas en el calendario eran como una partitura solo con ritmo, como si solo se hubiese escrito al principio del pentagrama la clave y el tempo, como si mi hijo se limitase a mover la cabeza sin pulsar las teclas.
Los calendarios son las partituras de un pueblo, las fiestas son su melodía. Los días extraordinarios, los que ya vienen marcados, nos dan la medida de nuestro tiempo. Viendo a mi hijo aprender a tocar el clarinete empiezo a comprender que la cultura tiene algo de sagrado, que los ritos introducen una verticalidad en la insoportable horizontalidad del tiempo para que la vida en común tenga su armonía. Veo entonces que todo pueblo tiene su música y que un pentagrama en blanco tiene muy poco valor.
