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El Debate de hoy

«Los dos papas»: la sinfonía de la historia

Un paseo, un camino, algo que empieza en un punto para llegar a otro. Un inicio de confrontación y oposición que acaba en un final de amistad y unidad. “Dos caminando juntos”, decía Homero, y así entendemos desde entonces la amistad que, desde la tradición cristiana, se plantea como posibilidad tan solo gracias a la MISERICORDIA. La misericordia no es ni una idea ni un valor, sino una relación que se da necesariamente en la historia vital del individuo cuando se encuentra a un verdadero amigo.

Pero para llegar a esto antes hay que salvar un gran obstáculo en el que la mayoría de los críticos se han quedado, y no sin mucha razón. El hecho es que estamos ante una gran película que tiene que ver muy poco con la realidad que retrata. No convence ni a los seguidores de Benedicto XVI, ni a los de Francisco, ni a los de ambos, ni a los que trascienden las divisiones mediáticas y se mantienen indiferentes a estas polémicas mundanas.

Tienen toda la razón, ambos personajes son caricaturas de una idea. Benedicto XVI se presenta como un hombre intelectualista, desapegado de la gente y de los problemas del mundo, ambicioso, simple, que disfruta viendo la tele en soledad. Francisco es mostrado como un activista político, justiciero, comprometido con los pobres y cobarde para hacer frente a la dictadura argentina. Uno demasiado desapegado y conservador, el otro demasiado apegado y progresista. Hasta aquí los clichés. Para alguien que conozca un poco la historia reciente de la Iglesia este planteamiento son ruedas de molino con las que no se puede comulgar.

Ahora bien, ¿hacer esto con dos personajes históricos es legítimo para un cineasta? Basta tener presentes las obras maestras de Un hombre para la eternidad o El tormento y el éxtasis, que “falsean” los personajes de Tomás Moro y Miguel Ángel Buonarroti para reflejar algo que va más allá de la realidad documental. Entendemos, por tanto, que este recurso se ha usado muchas veces en el cine y que es legítimo. Por cuestión de espacio no nos detenemos más en este problema, porque lo que realmente nos interesa es subrayar el significado que tiene esta obra.

La película, como cuenta Fernando Meirelles en una muy recomendable entrevista de Ana Sánchez de la Nieta para Women Essentia, nació como una biografía del Papa argentino y “Benedicto llegó después”, se fue incorporando poco a poco a una historia que sin él no era explicable. Esto ya es un dato interesante para interpretar esta obra. Para contar la historia de uno de los personajes el otro se hace necesario. Meirelles se encontró con dificultades que le ayudaron a comprender más la historia que quería contar. Esta anécdota contada en la entrevista de Sánchez de la Nieta lo aclara:

“Para hacer la banda sonora de la película contacté con un compositor argentino que me dijo que jamás haría una película sobre el papa Francisco. Es la visión de una parte de la izquierda argentina, pero ahí es donde pienso que necesitamos entender el contexto de las cosas, dialogar y perdonar. Y perdonarnos a nosotros mismos. Pero hay gente que no perdona y está encerrada en esa actitud”.

Meirelles, como todo creador, va comprendiendo la realidad que quiere relatar en la medida en que se va comprometiendo con su trabajo. Ninguna obra de arte, por mediocre que sea, nace de una claridad absoluta antes de ser concebida. La belleza del arte surge del compromiso con la propia obra. Y este camino de comprensión del autor tiene un gran valor, hasta el punto de que acaba de sentir admiración por un personaje real al que en un principio no estimaba:

“Después de conocerle más (a Benedicto XVI) pienso que quizás no merece muchas de las críticas que se le hacen. Es un hombre tímido y más serio, tiene otro carácter, pero, en sus enseñanzas, no es muy distante a Francisco”.

Lo interesante de la película, a nuestro juicio, y salvados con mayor o menor éxito los grandes obstáculos que presenta, reside en que ofrece una respuesta a un problema histórico de nuestros días: ¿es posible unir lo que está separado? ¿Qué salva las distancias entre las personas, las políticas, culturales e ideológicas? Para responder a ello, se sirve de dos personajes, uno de blanco y otro de negro. ¿Cabe mayor contraste? No es la oposición real entre los personajes históricos, muchos se han atascado en esto. Es el planteamiento inicial de un problema que luego trata de resolver. ¿Pueden vivir juntos lo negro y lo blanco? ¿Para coexistir se tienen que volver grises e insustanciales?

La película ofrece tres imágenes muy potentes. Llegan a donde ninguna palabra podría hacerlo. Alcanzan un nivel de expresión formidable que justifican la existencia del cine. Si no, todo serían palabras en imágenes, lo cual no sería otra cosa que apología.

La primera imagen es cuando ambos personajes salen de la vicaría después de la confesión. En este diálogo magistralmente llevado a cabo (salvo la injustísima apreciación de los casos de abusos que recaen sobre la conciencia de Benedicto), es Francisco el personaje dominado por el pecado y determinado por su pasado, y Benedicto el que le muestra el camino de la misericordia confesándose él mismo, con gran sencillez, con un cardenal “enemigo”.

La escena inmediatamente posterior es magistral, conmovedora. Francisco abre la puerta de la sacristía y la Capilla Sixtina ya está abarrotada, se les ha hecho tarde. Benedicto no hace problema y atraviesa el umbral mezclándose entre los turistas. Es la primera vez que se mezcla con la gente y el grupo se abre como un surco en tierra inculta. ¿Qué permite que la Iglesia deje huella en el mundo? ¿Qué es lo que hace que la tierra, que es el plano horizontal de la historia, se abra para ser fecundada por una semilla que viene de arriba? El amor de Dios, y nada más. La misericordia de Dios que ninguno de los dos Papas han sido capaces de darse a sí mismos. La misericordia de Dios solo acontece en una relación, es comunitaria, solo se da en la Iglesia como cuerpo místico.

En esta misma secuencia, los turistas hacen fotos y todas aparecen movidas. Esto es magistral. La verdad que todos están viendo, conmovidos, no puede ser apresada, envasada, conservada, porque es una verdad viva. Sería como intentar coger a puñados el agua del mar. Es una verdad para ser vivida, disfrutada, no conservada en cloroformo, ni utilizada como arma política. Ni lo uno ni lo otro, sino una relación viva de amistad, que es lo que realmente incide en la historia con un fin sobrenatural.

La segunda imagen nos la ofrecen después de una secuencia entrañable. Alemania gana a Argentina el Mundial de Fútbol y brindan juntos. La cámara se aleja y deja ver una vela que se apaga y el humo ascendiendo suavemente. En un momento previo, Benedicto le confesaba a Francisco que llevaba dos años de sequedad y que el humo de su vela, al apagarse, no subía. Que era como si Dios no aceptase su sacrificio. Este humo, que ahora sí, se remonta a lo alto, es querido por Dios. La alianza que hace Dios con su pueblo supone que Dios ya no acepta más holocaustos, más sacrificios. Que es Él el que se ha ofrecido en nupcias a su pueblo constituido en Iglesia. Lo único que pide es que se acepte su amor, que nos enamoremos de Él. Por eso el sacrificio voluntarista del principio, el del uno y del otro, no es aceptado. Pero esa amistad convertida en vida sacramental sí es querida por Dios. Ahora el humo de la vela puede subir y Dios se alegra viendo la unidad de los contrarios, que ha sido posible gracias a Su misericordia.

La tercera imagen es tierna y un tanto naif, pero está llena de significado, es pura eclesiología. Es el momento de la despedida y el abrazo final se convierte en un baile. Un alemán y un argentino bailan un tango en el Vaticano. Uno de negro y el otro de blanco. Benedicto le regala un disco de los Beatles (el White Album) de un valor incalculable. ¿Cabe mayor oposición? ¿Y hay algo que una más a los contrarios que un baile erótico como es el tango, en el que se produce la fusión casi carnal entre los bailarines? La historia de la Iglesia es un gran baile en el que las partes se retan, se unen, se apartan y se mueven al ritmo de una música que no es la suya.

Hans Urs Von Balthasar, en La verdad es sinfónica, utiliza la imagen de la música sinfónica para hablar de la Iglesia. De ella dice que no es un concierto en el que un único instrumento interpreta una melodía, sino que es una sinfonía en la que cada instrumento aporta algo nuevo y al mismo tiempo dialoga con todos los demás. En su Teología de la historia, el mismo autor dice que a nosotros no nos corresponde ser los directores de la orquesta, sino seguir el avance de una melodía que no sabemos exactamente cómo acabará. Solo sabemos que sin baile no hay historia. Y por eso el chófer, que contempla desde el coche que los separará, sonríe.

El cine es hablar con imágenes para provocar en el espectador una reacción. No nos gusta que las ideas nos las den masticadas. Es posible que la interpretación que ofrecemos sea demasiado nuestra, pero las imágenes nos las ha regalado Meirelles. Se lo agradecemos.

Publicado el 23 de enero de 2020 en El Debate de hoy.

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De Armando Zerolo

Profesor Titular Filosofía Política y del Derecho
Universidad USP-CEU

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