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El Debate de hoy

Cuidado

El perro es lanudo, de un negro que azulea y rizos de astracán. Sus pupilas son del gris que todavía no distingue los blancos de los negros. Los dientes son alfileres de marfil que aún no han masticado las piedras del camino, y los oídos son todavía sordos a los ruidos de este mundo. El perro ha venido un poco enfermo, como si se hubiese quedado a mitad del camino de la vida. Temblaba de frío y le costaba comer. Perdía el poco peso que tenía y la muerte venía con la dulzura del sueño. Entonces ella lo cogió y, con una sonrisa tierna, me dijo: “Papá, si nos diesen uno más fuerte no lo querría, no sería el nuestro”. Haber visto estos días a los niños cuidar del perro, pesarlo, alimentarlo con una jeringuilla, y preparar su medicina, me ha dado una lección: en el cuidado de las cosas se encuentra la dignidad de la tarea humana.

El peluche descosido, perdiendo el relleno por sus aberturas, y la cabeza colgando. La manta hecha un trapo y los zapatos agujereados. El sillón orejero pasado de moda y las paredes con las marcas de esas manos que pisan lo que tocan porque aún buscan la firmeza que sus pies no les dan. La vida deja huella en los objetos que, como los troncos viejos, arden para dar calor. Viven porque se consumen, y envejecen porque viven. Los niños no se aferran al pasado que ven en los objetos viejos, sino que se abrazan a la vida que se les ha ido quedando pegada. Los quieren porque son suyos, porque ellos saben cuidar las cosas como el Principito que regó la rosa y alimentó al zorro.

En el cuidado hay una cierta apropiación, un hacer nuestro aquello que nos era ajeno, compartir una vida que pasa a un objeto como alma de nuestra alma. Es la diferencia entre un pedazo de madera y Pinocho. La vida que da vida, que se separa y se comparte cuando, paradójicamente, se hace propia, se apropia. En las cosas impregnadas de vida, y solo en ellas, podemos vivir. Al conjunto de todas las que nos rodean lo llamamos cultura. Son la huella de nuestros pasos en la tierra que hemos pisado, en las casas que hemos habitado y en los pueblos que hemos vivido. Las canciones son las señales que dejamos en el aire y los cuentos a la hora de dormir la historia que amuebla un espacio. La cultura es la vida que nace en las cosas cuando las hacemos propias, es la huella imposible en el espacio y en el tiempo.

Cultura y vida son inseparables, y desde las primeras pinturas rupestres y enterramientos los hombres han querido vencer el hecho inexorable de la decadencia y posterior muerte de la vida que vivimos.

Vida cerca de la muerte

Pienso entonces en aquellos que ocupan el lugar del perdedor en la historia. Del que sabe que la vida vivida con los demás está cerca de la muerte, que tienen más razón los pregoneros de la decadencia que anuncian sus productos en las horas punta que los barrenderos que restauran las aceras en el silencio de la noche. Las miradas se dirigen a los vendedores de portadas, pero las pisadas se apoyan en las aceras limpias.

¿Quién se enamoraría de la defensa del Antiguo Régimen en la Francia de finales del siglo XVIII? ¿Y quién defendería a Francisco José y su anticuado estilo neoclásico? ¿O al zar Nicolás II y su vieja corte afrancesada? Da igual que ya estuviesen barriendo sus calles por la noche, porque los pregoneros cantaban por la mañana. La actitud reformista de Luis XVI poco importó. Carlos de Habsburgo y sus reformas liberales y democráticas no pudieron hacer nada por combatir a los que cantaban con espíritu deportivo las miserias del Imperio. Que Rusia hubiese acabado con la servidumbre, que el índice de alfabetización fuese superior al de muchos de los vecinos europeos, que el nivel de industrialización creciese exponencialmente entre 1906 y 1916, tampoco importaba en Rusia. La fuerza que late en los pueblos decadentes les impide ver la bondad de las reformasTocqueville explica que las instituciones, “a medida que envejecen, se van desacreditando y, extrañamente, inspiran más odio cuanto menos daño puede hacer al ser mayor su decadencia”. Igual que en Francia “su yugo pareció más insoportable donde en realidad era menos pesado”, así ahora sentimos nosotros que la imperfección de nuestras instituciones nos asfixia.

Hoy resulta más atractivo situarse en el bando que se deja llevar por el viento de la historia, por los que pregonan de día la decadencia de las cosas que otros limpian y restauran por la noche. Pero olvidan que las instituciones, como la cultura, están hechas para resistir los vientos que anuncian la tormenta. Solo podemos vivir en lo que se ha hecho viejo, porque precisamente por eso es nuestro.

La vida son sus arrugas, sus heridas y sus manchas: “¡Dichosa herida! Llaga delicada que deja por ella entrar la vida después de haber ensanchado la entalladura abierta por la puerta de entrada, abierta por la flecha”. Así comentaba san Gregorio el Cantar de los cantares, cuando la flecha de amor abre la piel del ser amado. Vida que hiere a las cosas para poder entrar en ellas. ¡Bendita herida! Puerta por la que entra el hálito vital en las cosas inertes.

Publicado el 4 de febrero de 2020 en El Debate de hoy.

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De Armando Zerolo

Profesor Titular Filosofía Política y del Derecho
Universidad USP-CEU

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