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El Debate de hoy

Punto final

Nos cuesta mucho usar el punto final. Preferimos los puntos suspensivos. Los mensajes que nos mandamos, breves, directos y rácanos en signos de puntuación, suelen acabar, sin embargo, con tres puntos, uno detrás de otro, pensados, meditados, puestos con conciencia. No pueden faltar. La sucesión de puntos crea la ilusión de un presente continuo que acaba con el pretérito, de una frase inacabada que se lanza al otro para que él la acabe, o la digiera, o la complete. Lo importante es que no sea cerrada, que siga creciendo como si tuviese vida propia.

Parece que tenemos miedo de tener la última palabra. El punto final nos parece agresivo o antipático, como si cortásemos el significado infinito que toda afirmación a medias parece tener. En el punto no hay duda; en el punto y coma hay enumeración; en la coma, separación; y en el punto y seguido, una invitación; y así queremos permanecer toda la vida, avanzando, siguiendo, repitiendo y rebotando, todo con tal de no acabar.

Los romanos se despedían con un «vale» que, del latín «valere», significaba valor, fuerza o salud. Sabían que en toda despedida media un abismo al que es lanzado el que se va, y que la palabra pronunciada en ese momento tiene el efecto de un juramento, de una palabra sagrada que salva o condena al que está por irse. Quizás por eso le decían al que se iba “sálvate” o, lo que es lo mismo, “deseo que seas salvado”, que tu camino dure y tú seas fuerte en tu caminar, para que nuestra despedida no sea tu desaparición, porque fue bueno conocerte, ha sido bueno estar contigo, y algo de mí se muere si tú te vas, como algo de ti se muere si te marchas.

La fórmula de despedida «vale et vale» se adoptó en nuestra cultura renacentista y a mí todavía hoy algún amigo con buen gusto me ha firmado una carta escrita a pluma, de caligrafía fina y gruesa, con un “vale et vale”, y yo la guardo en mi cajón, porque hay despedidas que afirman la vida y la fijan a un papel mejor aún que una fotografía. Hoy apenas se usa el “vale” y durante mucho tiempo dijimos “adiós”, como si al valor y la salud romanas añadiésemos la “salus” cristiana, un deseo de salvación que encomendábamos al Dios mismo, sabiendo que en nuestras manos solo queda el deseo de que toda ruptura sea reparada en algún momento que no nos pertenece.

Pero incluso esa fórmula del “adiós” ha perdido fuerza y preferimos usarla para dar un portazo, para arrojarla a la cara del que no deseamos volver a ver, o para hacerle entender que por ahora es mejor que se aleje. Si la despedida es cordial, preferimos un “hasta luego”, “nos vemos”, “ciao, o cualquier otra cosa que nos cree la ilusión de que la despedida es, en realidad, una interrupción en un flujo temporal continuo que volverá.

En todo esto también hay una parte cultural. “El efecto puerta” convierte el umbral de la casa en el salón, y el descansillo, en el lugar de una nueva recepción. Hay zonas de nuestro país que acostumbran a despedirse tres veces: una al levantarse, otra al ponerse los abrigos, y la otra en la calle. Ni un “que la casa se enfría” es suficiente para el adiós definitivo. Queremos agotar el tiempo, y ante el peligro de no volver a ver al otro, nuestra imaginación se activa buscando todos los temas pendientes que no queremos que se pierdan. El momento de la despedida es el más adecuado para hacer las preguntas últimas, las que no nos perdonaríamos no haber hecho, las que creemos que nos dejarán en paz, como si ese conocimiento, esas respuestas de última hora, pudiesen ocupar el vacío de una ausencia inminente.

El último adiós

Sin embargo, hay veces que el “adiós” no acepta excusas. La última carta del reo condenado a muerte, la despedida del soldado en la madrugada del ataque final, o la noticia de una muerte terminal. Hay veces que hay que decir “adiós” con todas las consecuencias, y es entonces cuando buscamos la palabra adecuada que haga justicia a la separación. Nos damos cuenta de que no está en nosotros clausurar el momento, que el misterio de la despedida contiene en sí mucha más vida de la que creíamos y que, sin saber por qué, cuando deseamos valor al que se va, o cuando lo mandamos con Dios, en verdad lo encomendamos para un camino que seguirá, que no tendrá el fin imaginado por nosotros, que será un punto más en esa sucesión de puntos seguidos. Seguirá siendo un camino compartido.

Algo se muere en las despedidas, algo se pierde para siempre, y lo que creíamos que era un signo de eternidad parecía quebrarse cuando te decía “adiós”. Porque estar contigo era como estar en el Cielo, porque en tu presencia el tiempo se detenía, porque cuando te veía las aceleraciones del día recuperaban su ritmo, porque en tu cara estaban contenidos todos los hechos de mi vida, porque el tiempo en tu cuerpo encontraba todos los espacios donde habitar y detenerse. No querría ser yo el que pusiese punto final a una relación que estaba destinada a ser para siempre.

Qué difícil es poner un punto final, y qué necesario es ponerlo para que todo siga.

Publicado el 19 de marzo de 2020 en El Debate de hoy.

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De Armando Zerolo

Profesor Titular Filosofía Política y del Derecho
Universidad USP-CEU

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