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El Debate de hoy

El duelo nacional

La muerte de un ser querido deja un vacío en la casa que los hábitos familiares no son capaces de llenar. Poner un plato de más en la mesa por pura rutina y darse cuenta de que no está, entrar en el cuarto de baño y ver el cepillo de dientes, o repartir entre cinco cuando ya solo somos cuatro. Los hábitos familiares se estremecen y crujen como una casa vieja cuando alguien muere. La costumbre encierra una sabiduría religiosa en su rigidez. El empecinamiento que pone en que todo siga igual hace que sigamos actuando como si el difunto estuviese entre nosotros, y nos cuesta mucho tomar la decisión de vaciar el armario, de regalar la ropa y desprendernos de los objetos cotidianos. En todos ellos, como en las costumbres, queda algo del que ya no está. Ver el cepillo de dientes duele tanto como tirarlo, porque el dolor lo causa una ausencia irreparable.

El luto dura un año según nuestras costumbres, el tiempo que necesitamos para desprendernos de los hábitos cotidianos que nos vinculaban con una persona y nos permitían convivir cordialmente: «Me acuerdo de ti porque te pongo un plato en la mesa», «te tengo presente y por eso pongo esta flor en agua», «me pongo este pañuelo porque te gusta». Pequeños gestos que hacen la convivencia agradable porque le recuerdan al otro que nos importa, que su vida ocupa un lugar en la nuestra y que ya nada es igual desde que está con nosotros. Pero llega un momento en el que el otro ya no está, y sin pensarlo volvemos a ponernos ese pañuelo, a colocar la flor en el vaso o el plato en la mesa, y un profundo dolor nos invade el corazón. Es una experiencia individual, íntima, de vacío, difícilmente comunicable, que exige un tiempo de duelo, de diálogo con el propio sufrimiento y de cuidado de un espacio personal donde la pena pueda moverse libremente. Es algo personal y los demás se acercan impotentes para acompañarnos en el dolor que habita en lo más íntimo de nuestro corazón.

Cuando el duelo se convierte en algo común porque una desgracia ha afectado a muchos miembros de la misma comunidad, el espacio de intimidad personal se entremezcla con el espacio público. El dolor pasa a ser patrimonio de la comunidad, porque el vacío afecta a la sociedad en su conjunto y produce una unidad de afectos y emociones difícil de manifestar. Aquí entran en juego los ritos. Se trata de hacer comunicable algo que es radicalmente individual, de encontrar un gesto común con el que todos se identifiquen y no se sientan ni manipulados ni insultados. Hay que ser muy audaz para decirle a alguien «te entiendo», y más aun para organizar un acto público que pretenda representar su dolor. El reconocimiento de esta audacia y el temor a violar la intimidad del otro puede que sea lo que explique el minuto de silencio como forma más extendida de mostrar el reconocimiento de un dolor compartido, cuando la sociedad del siglo XX ya no reconocía la religión como expresión cultural común. Se hizo popular tras la Primera Guerra Mundial y era un gesto en el que todos recordaban a las víctimas de la guerra, guardando un respetuoso silencio.

A mí personalmente los minutos de silencio me han resultado siempre un poco cursis y, en el fondo, frustrantes. Es cierto que son emotivos y que encontrarse rodeado de gente en silencio conmueve. Pero hay un silencio que también es signo de una falta de sentido. Me gustaría que nuestro himno nacional tuviese letra y poder cantarlo en los eventos deportivos o en las borracheras de Erasmus, me gustaría que pudiésemos poner palabras a nuestras emociones comunes, porque las formas son la expresión de nuestra verdad común. Sentir lo mismo, con los mismos, en el mismo lugar, y no poder decirnos nada es ciertamente frustrante.

A mí me han educado a rezar un Padre Nuestro, a poner en manos de Dios un dolor que es más que humano y a pedir que el abismo que se abre en el corazón ante la muerte de un padre, un hermano o un amigo, se convierta en misterio lleno de esperanza y de eternidad. Y en los minutos de silencio rezo y ofrezco mi dolor a Quien para mí ha sido capaz de dar razón del sufrimiento humano. Pero también soy consciente de que vivimos en un país que ha sufrido un gran desgaste de los símbolos comunes, y que lo que para mí explica, al otro le irrita.

A la espera de un nuevo relato

No solo no aceptamos colectivamente un funeral católico, sino que tampoco tenemos fechas de festividades nacionales, y esto es grave. Significa que tenemos mucho que recordar y poco que celebrar. No solo no compartimos las fechas religiosas del calendario católico, sino que no tenemos ninguna fiesta común. No tenemos ni letra en nuestro himno ni afecto general por una bandera. No sabemos cómo celebrar los actos de duelo compartido y recordamos para reprochar. Sabemos dolernos y compadecernos con el otro, pero no tenemos unas formas comunes y reconocidas para expresarnos como comunidad. España es ese país paradójico en el que hay una gran práctica de la amistad común, de la solidaridad y de la unidad (lo hemos visto con la COVID-19), y que, sin embargo, carece por completo de un relato compartido.

Emmanuel Macron apareció con una bandera y no irritó a nadie, porque en Francia tomaron la Bastilla, revolucionaron la historia y fundaron la nación francesa. En España, la máscara de José María Aznar fue una provocación igual que el Funeral de Estado del Gobierno. Lo que no irritó a unos, lo hizo a los otros, y viceversa.

No nos sentimos representados ni por una bandera ni por un círculo, somos tan poco geométricos como nacionalistas y, mientras tanto, nuestro espíritu nacional campea rebelde por el salvaje territorio peninsular a la espera de que un símbolo, un mito o un nuevo relato de lo común nos embride y nos devuelva la imagen de unidad.

Publicado el 21 de julio de 2020 en El Debate de hoy.

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De Armando Zerolo

Profesor Titular Filosofía Política y del Derecho
Universidad USP-CEU

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