Este verano visitamos Lisboa por primera vez. Lamentamos la ignorancia que tenemos de nuestros vecinos y para remediarlo decidimos romper con nuestro habitual sedentarismo y recorrer algunas de las ciudades vecinas. En nuestro itinerario se encontraba Estoril, esa ciudad de monárquicas reminiscencias, donde seis casas reales destronadas convivieron con la española en los años cincuenta. Un casino, la preciosa costa que crece a lo largo del estuario del Tajo y casas de familias lisboetas acomodadas componen un escenario de una lustrosa tristeza que contrasta enormemente con la decadencia preñada de vida de la capital. En aquel escenario no podía dejar de pensar en nuestra monarquía, en el exilio de Don Juan y en la marcha de Juan Carlos, porque si hay un lugar en el mundo donde meditar sobre el paso del tiempo, el deterioro de las formas y los ocasos culturales, ese es Portugal.
La monarquía es como los azulejos portugueses, viejos y deslucidos, síntesis de mil historias y poco amigos de las restauraciones. La monarquía, como toda forma histórica, está sometida al juicio de la historia, es contingente. No es necesaria, como tampoco lo son la aristocracia o la democracia. Depende del espacio y del tiempo, de las circunstancias y de la cultura. La monarquía lacedemonia poco tenía que ver con la carolingia, y esta menos aún con las monarquías absolutas del siglo XVII o las constitucionales del siglo XIX. Lo mismo se podría decir de la democracia y sus múltiples formas y variaciones históricas para comprender que tampoco es una forma de gobierno necesaria. Porque en realidad, en política hay muy pocas cosas necesarias. Es una ciencia muy particular en la que apenas hay leyes. Posiblemente sea la única ciencia que solo tiene una ley. Es una ley de oro, pero solo una: “lo que une es bueno, lo que divide es malo”.
Las formas de gobierno son como los diccionarios, no guardan en formol expresiones muertas, sino que fijan y ordenan para dirigir a su fin las organizaciones vivas. Son testimonios incuestionables, actas notariales de formas de vida que desprecian con crudeza la caducidad.
Así meditaba en Estoril entre el mar y el casino, pastoreando a mis hijos y tratando de explicarles, de paso, que Alfonso XIII también se fue de España. Pensaba que Estoril no es un lugar para reyes porque es una ciudad de un brillo y lujo que tiene muy poco que ver con Portugal, con la saudade, las nieblas atlánticas, y el elegante deterioro de las fachadas lisboetas. Imaginaba la vida cortesana de Don Juan, las fiestas en el casino, y las regatas en Cascais, el lujo y el esplendor de una vida de postín que tan mal encaja con nuestra monarquía española.
Quizás las monarquías asiáticas necesiten de los excesos del lujo para imponerse a la imaginación de sus súbditos, pero a la nuestra, a la española, la pompa le sienta muy mal. Austeros fueron Isabel, Felipe II y Carlos I, y austera es nuestra memoria. Pero Don Juan cumplía con su deber en el exilio y no dejaba de responder, en uno de los lugares más tristes del mundo, con su función de oposición al régimen de Franco. A veces es más importante la oposición que el Gobierno y, en todo caso, cualquier Gobierno necesita de una oposición para gobernar. La monarquía respondió así con su función histórica y mantuvo una unidad y un vínculo con Europa y con el Atlántico que trascendió el ostracismo de un régimen que iba perdiendo poco a poco el pulso de la historia.
No deja de ser interesante que el siguiente paso en nuestra historia reciente, el salto a la democracia, necesitase de la monarquía. Por la gracia del dictador Franco, y la altura política de muchos hombres, España instauró un nuevo régimen democrático y el Rey encarnó otra tragedia histórica. En la monarquía, como en ninguna otra forma, se da una unión intima entre la persona y el momento. Las democracias parlamentarias cambian de líder periódicamente y en eso basan su estabilidad. Las monarquías identifican un nombre con un periodo histórico. Por eso Don Juan no podía representar el cambio histórico necesario, porque la contingencia es la esencia de la política, y hubo que sacrificar a su persona para salvar la institución.
Juan Carlos fue el Rey de la democracia, el jefe de Estado del régimen del 78, la cabeza de un sistema compuesto por oligarquías, poderes fácticos y una forma de gobierno joven y experimental que combinaba redefiniciones de la organización territorial, descentralizaciones del poder, regionalismos tradicionales y nacionalismos de nuevo cuño. Todo aquello, en una joven democracia, había que recogerlo y unirlo. Recordemos: lo que une es bueno, lo que divide es malo. Así evolucionó nuestra monarquía parlamentaria, cabeza visible de una época y de una sociedad.
Sufrió el desapego de una gran parte de la derecha que se sintió traicionada, y los ataques de las viejas oligarquías que vieron en el joven Borbón el factótum de un cambio no deseado. Paradójicamente contó con el apoyo incondicional de la izquierda, de sus líderes y su aparato mediático. Lo cierto es que a la sombra del nuevo monarca crecieron las nuevas oligarquías, se consolidó una sociedad que dejaba atrás los traumas de la guerra y la dictadura, y maduró la democracia parlamentaria.
Toda época tiene sus mitos, y la de Juan Carlos tuvo el 23-F, que dio fuerza simbólica a un proyecto. Y toda época tiene su clímax, en este caso el 92, las olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla. La escenificación a todo trapo de la incorporación de España a la modernidad y al proyecto europeo. Fue el final de la etapa del “régimen juancarlista”, y todo lo que vino después un lento declinar y un sabio decantar. Quizás su salida tenga que ver también con el sacrificio que exige todo cambio de régimen social, de relevo oligárquico y reforma política. Puede que con Juan Carlos estemos expiando también los demonios de los años 90.
Felipe VI, el mejor inquilino de la jefatura del Estado
La pregunta, entonces, aquí y ahora, vuelve a ser la misma: ¿es útil la monarquía? La respuesta debe someterse de nuevo a la contingencia y la única ley de la política: lo que une es bueno y lo que divide es malo. ¿A qué momento histórico debe responder Felipe VI? En la identificación de las nuevas circunstancias, en dejar paso a nuevas realidades sociales, y en su capacidad de representar a una amplia mayoría estará la respuesta a su utilidad. Por lo pronto, en su joven reinado, Felipe VI ya ha vivido, al menos, tres momentos críticos, y podemos hacer con ello un honesto ejercicio de realismo político que vaya más allá de nuestras ideas necesarias, claras y distintas.
1
El 1 de octubre de 2017 con la “declaración unilateral de independencia” en Cataluña. Vivimos en directo la retransmisión de un golpe de Estado, y vimos cómo el discurso del Rey cambió el signo de la opinión internacional sobre los acontecimientos. Sus palabras convirtieron de la noche a la mañana el “secuestro de las urnas” en un “golpe nacionalista”.
2
El año que vivimos con un Gobierno en funciones y unos partidos incapaces de llegar a un acuerdo. Cuando la mayoría de los españoles clamaba por grandes gestos de unidad, los partidos eran incapaces de salir de su mezquindad. En este jaque al sistema los columnistas y politólogos se apresuraban en levantar acta de defunción del bipartidismo, la Constitución y la democracia. Pero qué importante fue para todos ver las rondas de conversaciones del Rey con los líderes políticos. Fue la única imagen de unidad que tuvimos en un momento tan oscuro.
3
Y el último lo vivimos hace poco y pasó prácticamente desapercibido. El primer funeral de Estado laico de la España moderna nos ofreció muchas imágenes. Ciertos sectores de la derecha tradicional lamentaron su laicidad, mientras que otros sectores de la izquierda intentaron apropiarse de un gesto común, pero lo cierto es que, en la dificultad de representar una mínima unidad ante el dolor, la imagen de un Rey en primera fila con la Infanta ofreció algo más que una foto, un símbolo del Estado.
Volviendo a la contingencia de las formas, y pensando en todo esto desde Estoril, sigo viendo por ahora al Rey como el mejor inquilino de la jefatura del Estado. A nuestra monarquía le sucede lo que a los azulejos lisboetas, que representan el poso de la historia y el transcurrir del tiempo en una ciudad que supo sobreponerse a un terremoto, y que se incorporó a la modernidad arquitectónica con una dignidad difícilmente igualable. Quizás por eso Portugal sea cuna de arquitectos formidables y una buena escuela de realismo político.
Publicado el 18 de agosto de 2020 en El Debate de hoy.
