Kant se preguntaba si podríamos establecer un Estado en un pueblo de demonios o, lo que es lo mismo, si se podía hablar de política cuando los vecinos se llevaban como perros. La solución, en un caso así, existía: «Se trata de ordenar su vida en una constitución, de tal suerte que, aunque sus sentimientos íntimos sean opuestos y hostiles unos a otros, queden contenidos, y el resultado público de la conducta de esos seres sea el mismo exactamente que si no tuvieran malos instintos». Y, desde entonces, la cuestión por los «sentimientos íntimos», por los tuyos y por los míos, por los nuestros y por los de ellos, emerge a la superficie, para luego volver a ocultarse como un géiser de tamaño variable y presión descontrolada. El tamaño de la explosión depende del tamaño del tapón.
Kant tenía razón cuando afirmaba que la cuestión de la convivencia es, en gran parte, jurídica, y que, en efecto, se trata de «disponer las contrarias y hostiles inclinaciones de tal manera que todos los individuos se sientan obligados por fuerza a someterse a las leyes y tengan que vivir por fuerza en pacíficas relaciones, obedeciendo a las leyes». El uso utilitario de la razón que todos podemos hacer en tiempos de crisis es que el sometimiento a la fuerza de la ley es la condición para la convivencia pacífica. La sabiduría popular ha resumido la compleja explicación kantiana en una sencilla frase: «Mi libertad termina donde empieza la de los demás».
Otro egregio ilustrado, Rousseau, se planteó la misma pregunta: ¿podemos vivir juntos si somos todos unos bastardos? Al ginebrino, que conocía bien las miserias morales porque las experimentó en sus propias carnes, no le satisfacía una unión jurídica que taponase los efluvios morales enterrados en el subsuelo de la sociedad. Las pompas de aire fétido subían desde el fondo del pantano para apestar los salones de la alta sociedad. Escándalo por la vida de los demás, y escándalo por la vida propia, que ponía de manifiesto que una vida en común no podía asentarse sobre una división moral tan profunda. De ahí la «voluntad general» y la paradoja de la libertad: «Al que rehúse obedecer a la voluntad general, se le obligará a ello por todo el cuerpo: lo que no significa nada más sino que se le obligará a ser libre». La vida en común no podía ser la suma de las voluntades particulares. La voluntad de todos no es la de cada uno, y la tiranía de unas leyes que imperasen «como si fuésemos buenos» siendo, en el fondo, demonios, sería insoportable.
Quizás Kant, con su coherencia prusiana, pudiese pasar siempre a la misma hora bajo el campanario que se imponía sobre los tejados de Köenisgberg. Puede que no le importase imaginar un campanario-atalaya que vigilase las calles. Pero Rousseau no concebía esa separación entre moral y política, no podía haber vida pública si en las casas cada uno sentía diferente. Rousseau deseaba una voluntad general, un solo querer, una unión de corazones. La libertad se jugaba en el ámbito de la moral, en el subsuelo de nuestro cuerpo, en las entrañas, en el bajo vientre. Lo visible, lo público, las leyes, eran la piel que contenía las vísceras. De ahí que si queríamos una unidad legal antes era necesario una cirugía moral. Y esa es la paradoja: «Se les obligará a ser libres», porque el que no sepa que quiere más lo común que lo particular deber ser obligado por su propio bien a quererlo.
Ángeles o demonios, ¿qué somos? Rousseau y Kant alcanzaron a comprender la profundidad del problema de la libertad política: ¿cómo vamos a hacer algo juntos si no nos llevamos bien? El problema venía de lejos, de Adán y Eva, las manzanas y la sabiduría, el pecado y la naturaleza torcida, pero la Ilustración se aventuró a responderlo con los instrumentos intelectuales y espirituales que le ofrecía la época y, mal que bien, funcionó. Unas veces más kantianos, otras veces más rousseaunianos, hemos sido capaces de taponar los chorros de vapor. Los géiseres han seguido estallando, unas veces con la fuerza de una revolución, otras en forma de guerra, civil o mundial, pero las aguas vuelven a su cauce y la explosión vuelve a su estado latente.
Hoy, en plena revisión cultural y fervor moral y político, la cuestión siguen siendo los tapones y los vapores. ¿Qué tal funcionan los tapones que hemos puesto en los poros de la corteza terrestre? ¿Cuánta presión hay bajo nuestros pies? La Constitución española, la Unión Europea, el Código Civil, la ONU, o el derecho romano, ¿sirven para gobernar a un pueblo de demonios o son el reflejo de una voluntad general? Unos piensan que nuestras leyes ya no representan la unidad moral de antaño, otros que nuestras instituciones son débiles e incapaces de contener los humores populares. Se siente un ataque al orden conocido, o se padece un freno hacia el progreso deseado. O la presión es enorme, o el tapón defectuoso. Unos abren el grifo, y otros lo cierran.
Lo cierto es que en el fondo todos expresamos, de una u otra manera, la añoranza de una mínima unidad social en el subsuelo que asegure la tranquilidad en la siempre inestable superficie. No nos damos cuenta del daño que hace el puritanismo político. Lo que se cuece ahí abajo necesita estar tapado, y la tentación de meter la cuchara en el puchero estropea el guiso. Kant y Rousseau, la Ilustración y el racionalismo, olvidaron algo: la paz social es un dios que nos pide en sacrificio nuestras vísceras. El constante empeño de remover los asuntos morales, de cuestionar los lazos sociales y de perseguir la corrección política no hace sino aumentar la presión bajo nuestros pies.
Publicado el 15 de septiembre de 2020 en El Debate de hoy.
