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El Debate de hoy

Cursilería política

Felipe González se aficionó al cultivo de bonsáis porque necesitaba realizar una tarea en la que pudiese encontrar un principio y un final. Me lo contó Antonio García Maldonado. Buscaba en la concreción de lo material un apoyo firme en el que asentar una existencia que la política, esa actividad sin cabo ni rabo, podía acabar enajenando. No es extraño acabar como árbol sin tierra.

Siendo todavía estudiante, poseído aun por el fervor de las ideas, pregunté a mi maestro qué leería en vacaciones. Me sonrió, y me dijo: «¿Yo? ¿Leer? En verano hago agujeros». Quería decir que aprovechaba el verano para plantar árboles, cuidar su terreno y leer novelas policiacas. A mí en verano me pasa algo parecido. Intento sentarme a leer, y el ruido acumulado durante el curso de tantas horas de lectura, conferencias y discursos, me impide concentrarme en vacaciones. Nunca encuentro en los libros la paz que necesito para leerlos.

Quien no tiene callos en las manos no puede escribir con pluma. Quien no ha trabajado no puede ser elegante. Como mucho, y echándole mucha creatividad, será extravagante, pero la mayoría de las veces será cursi, exageradamente cursi. A los cursis con las ideas les llamamos pedantes, y solo se curan con una azada en la mano.

A los libros uno acude buscando razones de lo que ya ha vivido. En los libros no se vive, se reposa. Los pájaros se posan livianos en las ramas, nosotros reposamos. Sentamos el peso del tiempo para reposarlo, doblamos las ramas y hundimos los cojines. Nos volvemos a posar en la experiencia de la vida que hemos vivido para hacerla nuestra. En los libros se descansa como se reposa en el sofá. Decanta las horas pasadas y recoge los trozos desperdigados del día. Se asoma a las páginas del libro para leer en el fondo de la taza vacía los posos del té y encontrar el significado de lo vivido. El que no reposa la vida la pierde. “Fascismo es acción”, decía Mussolini, que en su enorme despacho no tenía sofás. Herbert Gutjahr tenía 23 años en 1933, era el líder nazi de los universitarios y en su discurso animó a quemar los libros contrarios al espíritu alemán. Lo leyó bajo la luz de Mein Kampf, un libro que no ardió. ¿Se puede fiar uno de alguien que se lance a la lucha después de haber leído un libro? Hay que estar muy loco. Mi lucha, tu lucha, su lucha, y nada más. Libro contra libro, ideas descarnadas, guerra de espíritus.

En un capítulo de Los viajes de Gulliver Swift hace una parodia divertida de nosotros, los intelectuales. La isla de Laputa, y no es un juego de palabras, está suspendida sobre el mar, y solo la mantiene unida al mundo estable un ancla. Está poblada de intelectuales que emplean su tiempo en dar de comer frutos de color a las arañas para ver si consiguen telas de colores, construir casas tan geométricas que son inhabitables, y trajes tan rectos que no le sirven a nadie. Lo más llamativo de aquel pueblo de matemáticos y geómetras es “la enorme disposición para las novedades en política, que continuamente les tiene averiguando acerca de los asuntos públicos, dando juicios sobre cuestiones de Estado y disputando apasionadamente sobre cada tilde de la opinión de un partido. Y, añade el viajero, he observado la misma actitud entre la mayoría de los matemáticos que he conocido en Europa, aunque nunca acerté a descubrir la menor analogía entre las dos ciencias”.

Cuando Oakeshott le decía a alguien que “su política era de libro”, le estaba llamando elegantemente racionalista, ideológico, revolucionario, corto mental y aburrido. Porque la cultura no es una biblioteca. Es, como decía Eliot, “aquello que hace que la vida merezca la pena ser vivida”. Es culto el que ha sido roturado, aquel por el que ha pasado la vertedera de la vida y ha puesto mirando al cielo lo que antes era pasto de los gusanos. El que ha sido preparado para recibir la simiente del agricultor. Es culto el que sabe vivir y, porque sabe, puede disfrutar y recoger los frutos maduros de esos libros que arraigan en sustrato fértil.

Ni el cristianismo es una religión del libro, ni Europa una cultura de bibliotecas. Steiner decía que Europa era un café ¿en París?; Chesterton, que el Cielo era el primer trago de una cerveza; y Hannah Arendt que lo más parecido a la Universidad era una conversación tomando cañas. Del intelectualismo solo nos salva una relación con otra persona de carne y hueso. Primero se vive, y luego se lee, y así se cierra el círculo. El libro nos devuelve la vida con sentido, el sentido que puede perderse cuando se vive sin más.

Publicado el 29 de septiembre de 2020 en El Debate de hoy.

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De Armando Zerolo

Profesor Titular Filosofía Política y del Derecho
Universidad USP-CEU

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