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El Debate de hoy

Armando Palacio Valdés, cartas para una conversión

Armando Palacio Valdés vivió 84 intensos años, tres cuartos de siglo de la historia de un país convulso que, como la creación, gemía con dolores de parto. Nació en Asturias, su patria chica, en 1853, y murió oculto y protegido en plena Guerra Civil, en 1938. Dos veces candidato al Premio Nobel, miembro de la Real Academia, presidente del Ateneo y uno de los más notables representantes del movimiento literario realista.

La literatura es la piel de la historia, es el lugar donde se marcan los roces y sudores del ambiente, y por ello las páginas de Palacio Valdés son también el testimonio vital de una época. Su obra, afortunadamente, es de sobra conocida, y los expertos no la han olvidado. A ellos me remito para los elementos más académicos de su legado, de los que no soy experto, y a ellos también pido disculpas por las imprecisiones que aquí se puedan contener. No obstante, como descendiente suyo, puedo compartir algunos recuerdos y testimonios personales que conservo por tradición oral familiar y que me consta que no son conocidos. Tienen un carácter más anecdótico que académico, pues lo esencial ya ha sido publicado, pero ayudan a situar esas cartas en su contexto, que es absolutamente desconocido.

Espero que ayude a perfilar algo mejor el carácter de un personaje que el tiempo ha dejado difuminado y, a lo mejor, por qué no, a que alguien se anime a acercarse a un personaje fascinante, de un talento extraordinario, y cuyo pensamiento político y sociológico es imprescindible para comprender a un país que no necesariamente estaba abocado a terminar una época con una guerra fratricida.

Palacio Valdés era primo de mi tatarabuelo Armando Miranda y Palacio (1843-1903), a quien le unía una gran amistad, como el escritor relata en varias de sus novelas autobiográficas. El primo, Miranda y Palacio, diez años mayor que Palacio Valdés, ejerció una influencia importante en él. Mi tatarabuelo tenia el pelo rizado y alborotado, como mandaba el canon romántico. De Palacio Valdés tengo un original de Manuel Compañy que mi abuelo me regaló por un cumpleaños. Llevaba una coqueta pajarita a la moda, con unas margaritas bordadas, y un cuidado aspecto propio del hombre elegante que siempre fue. Ambos eran amantes de la música, pero mi tatarabuelo era mejor conocedor, además de compositor. Debatían largamente sobre música y actualidad. Mi abuelo, Armando Durán Miranda, sobrino nieto de Palacio Valdés, me contaba que los primos discutían acerca de Verdi, al que Miranda y Palacio detestaba, y discutiendo acerca del italiano, lo hacían también sobre el liberalismo y la unificación del país vecino, porque en ellos residía la preocupación por las guerras carlistas, que algo tenían que ver con la familia.

Ambos Armandos pertenecían a familias acaudaladas y de abolengo antiguo. Miranda y Palacio contrajo matrimonio con Dolores Belón Ventosinos, cuya imagen oronda estaba expuesta en un daguerrotipo en una vitrina de caoba de la época romántica, en el salón de mis abuelos. Esta señora disfrutaba de un enorme caudal de dinero que en parte provenía de la fortuna que la familia hizo en Cuba durante el reinado de Isabel II, y quizás por ello apoyase a don Jaime en las «terceras guerras carlistas» quien, agradecido, le mandó una fotografía firmada que guardo con celo. En un pequeño marco conservo también el justificante de los pagos hechos en concepto de la suscripción de los «bonos carlistas» que se emitieron para sufragar la guerra. La misma Dolores que, anciana y debilitada, aun tuvo la fortaleza de despedir con aguas destempladas a unos mamporreros falangistas que le exigían una suerte de impuesto revolucionario.

Todo esto, y disculpen la extensión, es necesario para contextualizar el ambiente familiar de Palacio Valdés, al que no resultaban extraños en absoluto los problemas de su época, y que se crió en un ambiente a caballo entre el liberalismo y el carlismo, muy abierto a Europa, religioso y moderno, que apoyó a don Jaime más por aversión a un secularismo en ciernes que por propia convicción. O así me lo contaba mi abuelo.

El vínculo familiar que ahora nos interesa, el más personal y desconocido, nace de la gran amistad que había entre los primos, pues sin ella no se explica la intensa relación que tuvo con su sobrina Teresa Miranda Belón, la madre de mi abuelo. El primo, Miranda y Palacio, murió relativamente joven, en 1903, dejando huérfana de padre a la joven Teresa. Cuentan en la familia que esto supuso un cambio notable en el «estilo de vida» de Palacio Valdés, que disfrutaba en Madrid de una vida holgada y placentera. Armando entendió que debía tutelar a la hija de su primo, a la que adoptó casi como una hija. Iba con frecuencia con ella a París, y también visitó Tierra Santa, la cuenca del Danubio, Italia y Portugal. Aprendió a hablar la lengua gala con perfección literaria y vestía a la última moda, además de frecuentar los círculos literarios y musicales de la corte, apadrinada por su tío. Era una joven y rica heredera educada en la música, la literatura y la alta cultura europea. Era, qué duda cabe, una hija espiritual de Palacio Valdés. Esta relación será importante para lo que luego contaremos, que es el meollo de este modesto testimonio.

Teresa Miranda se casó con Ángel Durán Cao, que estudió óptica en Suiza y fue, hasta que en la Guerra Civil asaltaron su clínica en la Calle Espalter, 13, uno de los más prestigiosos oftalmólogos de España. La familia Durán, también gallega de origen, formaba parte de la alta burguesía coruñesa. Descendían del «doctor Durán», un emprendedor, médico conocido por hacer sus visitas montado en el primer monociclo de Galicia, y después en el segundo coche a motor de España. Empresario, emprendedor e innovador, tuvo, por ejemplo, la primera fuente iluminada y animada de España, copiada de la Exposición Universal de París. No lo cuento a título anecdótico, sino para ofrecer un dato importante en la biografía de Palacio Valdés, quien vio con muy buenos ojos el matrimonio de su ahijada Teresa con este joven gallego, educado en Europa, ilustrado, médico y científico y, según mis tíos, un gran melómano, que se sabía de memoria «la Quinta» de Beethoven. También se sabía de memoria, por cierto, Madrid, desde el piso bajo del autobús, y desde el alto, pues según trataba de explicarme mi abuelo, son dos ciudades muy distintas.

Ángel Durán era un maurista convencido y activo, que recibía, según cuenta mi madre, a la antigua usanza, y bajo invitación, en sus salones de la calle Espalter, una vez por semana. Palacio Valdés no necesitaba tarjeta de invitación, aquella era también su casa. Allí discutía con Durán de política, y allí se cocían sus ideas sobre España, sobre el progreso y la modernización del país, y tomaban la temperatura de un país que ya mostraba síntomas de enfermedad. Pero allí no se trataban los temas que hasta aquí nos han traído. Allí no se hablaba de confesiones religiosas, porque la religión en esos foros era un asunto político.

La religión quedaba reservada para las cartas y los largos paseos por el Retiro, o por las playas de Capbreton, que es donde el matrimonio Palacio Valdés, del que aún no hemos hablado, pasaba largas estancias. Pero sí podemos afirmar, y esto es lo que no se sabe, que la conversión religiosa de Palacio Valdés tiene mucho que ver con este ambiente familiar y político que hemos retratado y, sobre todo, con la relación con su segunda mujer, Manuela Vega y Gil (1899-1945), y con su ahijada, Teresa Miranda.

Es sabido que Palacio Valdés enviudó muy pronto, y poco se sabe de la relación con Manolita, y perdonen las confianzas, pero así la llamaba mi abuelo, y así aparece en todas las cartas. Desde que enviudó del primer matrimonio, en 1885, hasta que se casó con Manolita, en 1899, Palacio Valdés pasó por un largo periodo de debate interior que compartió con mi bisabuela, su sobrina, ahijada y, sobre todo, confidente. Mi abuelo me contaba que ambos compartían una gran intimidad y que, en los largos paseos por el parque del Retiro, Palacio Valdés se confesaba con Teresa.

La sociedad madrileña no veía con buenos ojos la convivencia del célebre personaje con Manolita, sin que mediase el matrimonio de por medio. Es cierto que Armando frecuentaba ambientes liberales y reformistas, como también lo hacían sus familiares, pero todos sabemos que la sociedad madrileña no era la sociedad parisina, a la que también estaba muy acostumbrado. Estos problemas eran fruto de sus conversaciones, pero como hemos dicho, Teresa estaba educada, igual que su marido Ángel, en un ambiente de horizontes más anchos que los de la sociedad provinciana española. El escándalo moral no era un obstáculo insalvable, y ni mucho menos suponía el centro de las conversaciones. A Palacio Valdés le preocupaba, como dejó escrito, el tema filosófico, y también, como no ha dejado publicado, el problema existencial. El testimonio de este camino de conversión ha sido recientemente conocido porque mi abuelo, antes de morir, hizo llegar a los descendientes directos de Palacio Valdés las cartas personales, e inéditas, que dirigió a su primo o a sus sobrinos. Mi abuelo no las compartió antes porque mediaba el compromiso moral con su madre de no hacerlo, y hasta tal punto es así que una vez le pedí que me las enseñase y esquivó la cuestión. Era un tema de palabra, y solo al final, y con la reserva de dárselas solo a sus descendientes, las sacó a la luz.

En una de esas cartas, cuyo original tiene mi madre, fechada en Madrid, a 4 de noviembre de 1899, escribe a su primo:

«Tengo el gusto de participarte que el miércoles del corriente contraje matrimonio en la iglesia de San Jerónimo con la que ha sido compañera de mi vida por espacio de tantos años». Así concluía una etapa que, según relatan en casa, fue dolorosa para todos. «Para escándalo de todos», como él mismo dice. Pero dolorosa como duele un parto, y no por el dolor que pueda producir un escándalo. Era el dolor de una amistad que conoce las tribulaciones del alma, y que felizmente concluía de esta manera. «No puedo ocultarte -proseguía en confesión a su primo- que aun se prolongaría indefinidamente si no se hubiera operado en mí una revolución de ideas y aún más de sentimientos que antiguamente se llamaba conversión». Así lo aseguraba mi abuelo, quien confirmaba que el matrimonio fue el proceso de conversión de una persona esencialmente racional, que no estaba dispuesta a dar un solo paso por prejuicios. «Harto de ciencia y filosofía que no me han dado ni la felicidad, ni la certidumbre, ni el sosiego siquiera, me he convertido al cristianismo». Y lo dice, y así era en verdad: «Yo no he sido pues llevado a la fe por mi miedo, ni por asuntos domésticos, ni por quebrantos, ni por hacienda. Me he convertido de modo espontáneo y puedo decir milagroso».

Armando y Manolita vivieron un matrimonio feliz, según lo que testimonian las cartas en nuestro poder, y las noticias que dan a Teresa y a Ángel son sobre futuras visitas, presentaciones de libros o enfermedades y defunciones. Las más notables son una con motivo del fallecimiento de Teresa Ventosinos Reboredo, «la madrina», por quien sentía un profundo afecto: «¡Pobre Teresa! La existencia ha sido sencilla, amable, y pacífica. Cuantos la tratábamos nos sentíamos atraídos hacia ella por su afectuoso corazón y por la impecable corrección de su carácter (…) Dios la hará ya en su reino y debemos pedir que desde el cielo te siga amando y protegiendo».

En otra carta, fechada el 9 de febrero de 1934, a dos años de comenzar la guerra, y a cuatro de morir, se recoge el final de una época con el dolor de otra pérdida. Está escrita desde El Escorial y dice: «Con tanta sorpresa como pena recibo la fatal noticia. Yo estaba convencido de que ese niño estaba llamado a un gran porvenir». Se refiere a Ángel Durán Miranda, su sobrino-nieto, el hijo de Teresa y hermano de mi abuelo. Ángel fue uno de los privilegiados que pudo participar en el crucero universitario por el Mediterráneo que en 1933 dio forma a una prometedora generación de pensadores españoles. Ideado por García Morente, a la sazón decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, fue apoyado por Fernández de los Ríos, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, y Zaragüeta, entre otros muchos, y consistió en un viaje cultural en el que el barco era un aula, y los lugares históricos de la cuenca mediterránea, el libro de texto. La mala suerte hizo que Ángel sufriese un ataque de apendicitis y no se pudiese llegar a tiempo a puerto para ser operado.

«Angelito» era compañero y amigo de Julián Marías y Luis Díez del Corral, entre otros, y discípulo querido de Marañón, Ortega y Gasset, y García Morente, además de amigo de Maeztu, porque sus padres eran vecinos y daban largos paseos juntos. Mi abuelo recordaba ir de la mano de algunos de ellos bajando del Retiro hacia El Prado. El hecho es que la muerte de «Angelito» fue un golpe durísimo para Palacio Valdés, que era como un abuelo para ellos. En la carta decía: «Serio, inteligente y aplicado, me sentía particularmente atraído hacia él porque me veía reproducido. A su edad tenía las mismas aficiones y esperanzas. ¡Pobre chico! Dios no le ha dejado más que asomarse a la vida. Para él tal vez haya sido una dicha. Para vosotros, sus padres, es una cruel herida de la cual tardaréis mucho en curaros». Y así fue. Mi abuelo Armando todavía se emocionaba al hablar del «tío Ángel». Palacio Valdés se despedía mandando un afectuoso saludo a Ángel también de parte de Manolita, siempre presente en todas las cartas. Armando y Manolita estuvieron íntimamente ligados a la familia Miranda hasta los últimos días, especialmente aciagos por la guerra.

En julio de 1936, Ángel y Teresa se encontraban pasando la temporada de verano en Lugo, y allí se quedaron el resto de la guerra. Armando Durán, su único hijo vivo, pudo salir en el último tren, salvando su vida gracias al chivatazo del portero de la finca, quien lo escondió en el altillo del ascensor. Pudo reunirse con sus padres, pero Palacio Valdés quedó «atrapado» en Madrid y, aunque salvó milagrosamente su vida, vivió, como tantos otros, en unas condiciones personales lamentables.

Creo que el resto es conocido. Aquí hemos querido dejar el humilde testimonio de la memoria que, de mano en mano, ha sido transmitida en la familia, y siempre con tanta delicadeza que ha hecho que muchos de los detalles personales se hayan ido con aquellos que los protagonizaron.

Publicado el 15 de marzo de 2021 en El Debate de hoy.

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De Armando Zerolo

Profesor Titular Filosofía Política y del Derecho
Universidad USP-CEU

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