Las fiestas del PC (Partido Comunista) eran célebres en Madrid por la calidad del cartel y por la «fiesta». Allí nos congregábamos jóvenes y no tan jóvenes para ver a Josi matar la botella de DYC mientras lamentaba la vida perra de Dolores, a la que llamábamos Lola. Las tribus que por allí pululaban eran muchas y no se mezclaban demasiado. Estaban los rockers, los punks, los grunges, los siniestros, los pijos y otro tantos, cada uno de su padre y de su madre. Se reconocían por sus atuendos, que llevaban a guisa de uniforme con observancia militar. A mí me gustaba situarme como observador externo y ver cómo se comportaban las tribus en su particular Amazonas. En una ocasión, vi cómo el grupo de los punks, que por aquel entonces todavía daba miedo, se paraba y miraba en una sola dirección. Presentí pelea. Un chaval vestido con vaqueros, camisa a medio remangar, pelo corto y zapatos, se dirigía directamente hacia ellos. Se abrieron como un leucocito dispuesto a fagocitar al elemento tóxico. Para mi sorpresa, lejos de ser reducido, fue reconocido como líder del grupo. Mi ingenuidad adolescente no daba crédito: el más «normal», y el más diferente, el único que no iba disfrazado, era el más respetado. No pude evitar ver a partir de entonces a todos los demás como borregos, ladradores, pero aborregados, y deseé con todo mi corazón no pertenecer nunca a un grupo de ovejas balando por su pastor. Volvió a sonar la música, entraron Los Suaves y todos, con chupas vaqueras o de cuero, zapatos o botas, de negro o de verde, miramos al escenario y cantamos a coro: «Fuiste la niña de azul/en el colegio de monjas…». Y me di cuenta de que la identidad tiene más que ver con cantar juntos que con los distintos modos de disfrazarse.
La época adolescente de búsqueda de la propia identidad, de las reflexiones sobre el yo y el tú, cómo me veo y cómo me ven, ser aceptado por los demás y aceptarse a uno mismo, fue dejando paso a una preocupación por la situación del mundo, por las guerras, los pobres, los logros y los fracasos colectivos. Lo natural es que se produzca un ensanchamiento de la propia conciencia que nos permita reconocernos como pertenecientes a realidades cada vez más amplias.
Las naciones siguen un camino paralelo en la forja de sus identidades, pero su decisión de abrirse a la relación con los otros es más expresa. Churchill pronunció en 1946 el discurso sobre los Estados Unidos de Europa cuando aún debía de estar rumiando en privado los bombardeos de Dresde, Nüremberg, Hamburgo o Würzburg, y poco tiempo después de haber prometido, para subir la moral de los suyos, que «bombardearemos Alemania de día y de noche […] haciendo degustar y tragar al pueblo alemán todas las veces una fuerte dosis de las miserias que ellos han esparcido sobre la humanidad». ¿Cómo se explica entonces que en 1946 dijese que Alemania era necesaria y que había que «construir una especie de Estados Unidos de Europa, y solo de esta manera cientos de millones de trabajadores serán capaces de recuperar las sencillas alegrías y esperanzas que hacen que la vida merezca la pena?» ¿Era cinismo o realmente le importaba? El estadista británico preguntó a su yerno, que por aquel entonces estaba en Francia, qué efecto había producido el discurso en el general De Gaulle, a la sazón jefe del Gobierno Provisional de la República Francesa, y el yerno le dijo: «Ha dicho que Alemania no existe». De Gaulle participaba del mismo odio que había fomentado Churchill, y que los nazis habían sembrado de Este a Oeste, por todo el mundo.
Puestos a buscar culpables, y a pulir las razones de los unos contra los otros, Europa nunca se habría levantado de las ruinas. ¿Cómo reconstruir Europa si el otro, el adversario, no existe? La pregunta sobre Europa era, en realidad, la pregunta por uno mismo: ¿podría existir Francia sin Europa y sin Alemania? Puede que económicamente sí, pero la Francia ilustrada, la que se había hecho grande abriéndose a un mundo más amplio, probablemente no. Robert Schuman lo sabía muy bien y tuvo la audacia de concebir un plan que ofrecía, ante la amenaza y el miedo, el mismo remedio que Churchill, ¡hacer algo juntos! «Construid Europa», exhortaba Schuman a una generación fatigada, porque cuando «Europa no se construyó, hubo la guerra». No es una afirmación voluntarista, no es adanismo político, es puro realismo: cuando hacemos algo juntos recuperamos al otro como realidad, y a nosotros mismos como relación. Por eso, el 9 de mayo de 1950, cuando dijo «Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho», no estaba diciendo algo nuevo, ni cayendo en un viejo pragmatismo, sino recuperando la amistad social como principio, la idea de identidad como tarea: solo si nos implicamos en un proyecto más grande que nosotros mismos podremos conservar y mejorar lo que somos.
¿Por qué? Porque los fundadores de la Unión Europea sabían algo que, no por despreciado ni ignorado, deja de ser verdad. Como decía Adenauer, «a la larga, nadie puede existir confiando sólo en uno mismo. Esto es una realidad tanto para Oriente como para Occidente». No se defiende la propia identidad metiéndola en cloroformo. La identidad es algo que está en permanente construcción, pero no se hace desde la voluntad romántica que pretende construir el propio yo desde la nada, con pie y medio en el vacío, sino que se hace en relación con los que nos rodean. La vida merece la pena cuando, como afirmó Churchill, existe la certeza de que podemos compartirla con los demás.
Quizás no percibamos el tamaño de la osadía de Schuman. Alemania y Francia se odiaban, y urgía recuperar la unidad europea. ¿A quién, en su sano juicio, se le hubiese ocurrido empezar por lo más difícil, contando con los que más se odiaban como protagonistas de la aventura? A Schuman: «La agrupación de las naciones europeas exige que la oposición secular entre Francia y Alemania quede superada, por lo que la acción emprendida debe afectar en primer lugar a Francia y Alemania». Había que atacar el corazón del problema, había que solucionar «el problema alemán», y podrían haberlo hecho destruyendo al adversario, eliminando «el problema». Pero no, optaron por afirmar la existencia del otro para empezar. ¿Cómo? ¡Haciendo algo juntos!, lo que fuese, lo que se pudiese, lo factible, realizaciones concretas que generasen una solidaridad de hecho.
Hoy, en una nueva crisis identitaria, ante el florecimiento de los nacionalismos, en una vuelta a la afirmación adolescente del yo contra el tú, ante la creencia infantil de que recuperaremos la pertenencia, la seguridad y la identidad replegando nuestro espacio de acción a territorios mínimos, el papa Francisco retoma la idea de la identidad como tarea, y nos habla de la «cultura del encuentro» en su última carta encíclica, la Fratelli Tutti: «Hablar de “cultura del encuentro” significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos» (216). Esto nos lleva a preguntarnos qué produce más alegría en nosotros, si el hallazgo de un proyecto compartido o la triple destilación de una idea apenas compartida por nadie, si la pureza de una doctrina o la impureza de una vida compartida. La construcción de un país, dice el Papa, es «una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos» (232). Y en la construcción conjunta de una obra común encontramos razón de lo que somos. Es la diferencia entre el que pica piedras, o el que construye una catedral, es la diferencia del que tiene conciencia de estar siendo partícipe de algo mucho más grande que él mismo, ¡esa es su grandeza!
Antonio García Maldonado, en su reciente libro El final de la aventura, nos recuerda que la identidad colectiva tiene mucho de aventura, porque la aventura es «una empresa en la que convergen la búsqueda individual de sentido y el ensanchamiento del horizonte colectivo». El problema, dice, es que «hacemos menos cosas juntos que todas las generaciones de humanos que nos precedieron», y esto tiene un efecto directo en nuestra concepción de nosotros mismos, y en nuestros horizontes cada vez más estrechos. Quizás la respuesta al identitarismo nacionalista esté en la sencilla pregunta que se hace García Maldonado: «¿Por qué no imaginar e impulsar una actuación conjunta que alumbre otra época?».
La vida política tiene mucho de un concierto en un descampado polvoriento lleno de tribus y bichos raros que son capaces de cantar la misma canción. Lo mejor de nuestra tradición política se encuentra en una sencilla pregunta: ¿qué podemos hacer juntos? Y no hay duda de que nuestra época se presenta llena de nuevos retos que podemos afrontar juntos, pero para eso hay que desplazarse de la queja y del resentimiento, perdonar, olvidar, y ponerse en marcha con el prójimo, con sus impurezas y nuestras imperfecciones.
Publicado el 16 de marzo de 2021 en El Debate de hoy.
