Una fría mañana del mes de diciembre de 1915 sucedió algo extraño. La Gran Guerra ya había alcanzado sus verdaderas dimensiones y se había convertido en la temible «guerra de posiciones». Trincheras como pesadas líneas fronterizas que necesitaban la vida de miles de hombres para moverse unos metros poblaban el territorio de Artois, al norte de Francia. Entre ellas solo había alambradas de espino, jirones de uniformes y de carne, y un lodazal que marcaba la «tierra de nadie». La distancia entre bandos era suficientemente corta como para que se oyesen los cantos o los lamentos del adversario, y como para poder distinguir los ojos bajo el casco y disparar entre ellos. Asomarse un palmo por encima de la trinchera suponía que te levantasen la tapa de los sesos.
Aquel día, según cuenta en sus Diarios, Ernst Jünger salió de su garita subterránea y vio un extraño espectáculo: los soldados se habían encaramado a los parapetos, los de uno y otro lado, y no sonaba un solo disparo. Compartían el excelente tabaco alemán, se intercambiaban insignias de sus batallones y hacían bromas. El lodo rojo y grasiento se había convertido en el punto de encuentro de los soldados británicos y alemanes. Pero Jünger enseguida tuvo claro que era oficial y que su obligación era mantener el orden. Mandó abajo a las trincheras a todos los soldados, que obedecieron de mala gana. Por la noche, a la luz del candil, registró la siguiente nota: «Yo también me pondré mañana al acecho con un buen fusil. Y sin embargo tengo que decirme en mi fuero interno que los soldados no dejan de tener razón. Ellos sienten que el inglés también es un ser humano. ¡Sí, cada cosa tiene dos caras!». Y en aquel papel envuelto en plástico que conservaba celosamente en su pechera dejó registrado de un modo paradójico aquello por lo que verdaderamente luchaban. Mañana seguiría la confrontación, pero vivirían y morirían mejor.
Muchos años antes una cultura muy distinta se enfrentó a una situación parecida y no fue capaz de superarla. La Hélade entró en guerra y las polis se enfrentaron a muerte. También hace casi dos mil quinientos años hombres de culturas y orígenes distintos se encontraron al borde de la guerra, en el límite que marca el «ellos» y el «nosotros». Cuentan las crónicas que aquellos hombres que salían de su polis no sabían nada de las demás ciudades, salvo las raras noticias que traían las vías comerciales, de las que además se cuidaban mucho de aislarse, porque de aquellas novedades no venía nada bueno. El griego antiguo iba a la guerra a enfrentarse a un perfecto desconocido del que solo podía tener una idea imaginaria. Seguramente pensase que los que no vivían en su ciudad tuviesen otros sentimientos, otras necesidades y otras ideas.
El gran estudioso del mundo antiguo, Fustel de Coulanges, decía que «el Estado había quedado encerrado en los muros de la población, sin haber podido nunca traspasar el límite que al fundarse le habían trazado sus dioses nacionales. Cada ciudad tenía no solo su independencia política, sino también su culto y su código, siendo municipal su religión, su derecho y su gobierno. La ciudad era la única fuerza viva, y nada había encima ni debajo de ella; ni unidad nacional ni libertad individual». La polis era todo, y fuera no había nada. Por eso un griego no podía imaginarse que, en el momento de ir a clavar su pica en la carne del enemigo, iba a encontrarse una mirada parecida, y reconocer en los ojos del otro su misma naturaleza.
Los dioses nacionales murieron cuando se encontraron cara a cara. La Guerra del Peloponeso sacó a las gentes de sus ciudades para enseñarles a reconocer la existencia de los «otros» como parte de un «nosotros», pero su modelo religioso-político no fue capaz de superar el reto de asimilar la diferencia. Tuvo que llegar Roma para enseñarnos el método de la asimilación cultural, una Roma parecida a la que defendería sus raíces en las trincheras de Artois.
¿Cómo viste un marciano?
De estas cosas hablaba en un congreso en Moscú hace unos años, y para ilustrar la explicación pregunté a los asistentes: «¿Se imaginan lo que sería para un griego encontrarse con un extranjero? Sería el equivalente a que viésemos bajarse de un OVNI a un marciano». Les propuse como ejercicio que imaginasen por unos segundos a ese marciano y luego les pregunté: «¿Alguien se lo ha imaginado con forma humana?» ¡Nadie! Nadie había sido capaz de imaginarse al forastero como a un igual. ¡Nadie!
Al terminar se me acercó una señora y me dijo que era profesora de diseño gráfico y me contó, ya saben que en Rusia el tema de Marte y el futurismo da mucho juego, que ella hacía la misma práctica en clase: les pedía que dibujasen un marciano. Me enseñó fotos en su teléfono, dibujos impresionantes, pero todos con las formas más extrañas y espeluznantes. Entonces ella les preguntaba: «¿y si los marcianos llevan Levi´s?». ¿Y si son como nosotros?
En esa pregunta se recoge todo un proceso civilizatorio que se resume en la posibilidad del otro como un igual y esto, casualmente, me pasó en los confines de Europa.
Publicado el 27 de abril de 2021 en El Debate de hoy.
